Algo que temer, alguien a quien culpar

Jack Torrance, el protagonista de la novela El resplandor de Stephen King, llega con un pasado complicado al hotel en el que acabaría volviéndose loco, el Overlook. Vio de pequeño cómo su padre alcohólico, a quien adoraba, golpeaba a su madre delante de toda la familia, ha sido incapaz de cumplir con las expectativas que acompañaron sus primeros trabajos como escritor y, finalmente, se ha mostrado incapaz de conservar un empleo docente para poder mantenerse económicamente. Sobrio, perseguido por el alcohol, ve en el invierno del Overlook la oportunidad de redimirse; de ser un buen padre, un escritor disciplinado y un marido capaz de evitar a su mujer lo que ella más teme: el regreso a la casa de su abusadora madre. Hay mucho en juego cuando comienza su confinamiento.

El protagonista de El resplandor teme a la pobreza, pero teme aún más a la inclinación a la violencia que heredó de su padre. Cree haber atropellado a un niño en una noche de borrachera, perdió su trabajo como profesor por golpear a un niñato que le boicoteaba la clase y terminó por decidirse a dejar al alcohol después de partirle un brazo a su hijo de cinco años. Todo esto, su miedo y su pasado, arrastra Jack Torrance hasta el hotel en el que terminaría perdiendo la cabeza, el hotel al que acaba por temer más que a ninguna otra cosa. Sin embargo, el miedo, el alcoholismo y el trauma no son lo que convierten a Jack Torrance en un asesino. Necesita una situación que ordene esos elementos y les dé un sentido homicida. Es el hotel Overlook, una formidable maquinaria de opresión humana que aísla y que deja al sujeto enfrentado a sus frustraciones. Torrance no puede escribir, el hotel le susurra un mensaje: su familia es culpable. Como dirá su personaje en la adaptación cinematográfica de Doctor Sueño, la secuela, la familia se come tu tiempo.

Siempre hay alguien a quien culpar, alguien que ejerce de pareja de tango de nuestros miedos. Solo necesitamos mirar en la dirección correcta; tener una identidad, ser parte de algo, supone que hay alguien que no es como nosotros, alguien que está fuera y cuyo rostro puede ir adquiriendo, gesto a gesto, twit a twit, los rasgos del villano que nuestra historia necesita. No es solo el Overlook, es el aislamiento. Danny Torrance heredará el alcoholismo y los demonios de su padre. En Doctor sueño lo encontramos tan perdido como estuvo su padre. Y también solo. Hasta que reacciona y articula fuerzas con otros. Primero para convertirse en alguien capaz de operar en el mundo, después para enfrentarse a sus miedos y buscarlos de frente. Siempre acompañado.

El día 12 comenzamos, por el bien de todos, a sacrificar el mundo más allá de las puertas de nuestras casas. Algunos tuvimos suerte y nos encerramos con las personas que más queremos, en sitios aclimatados y bien provistos. Las variedades de la mala fortuna llegan, aprendemos cada día a través de los medios, tan lejos como sea concebible el sufrimiento de otros en estas situaciones. Además de lo que cada uno lleva consigo cuando se cierra la puerta de su casa, estamos movidos por el miedo al virus, que no podemos ver pero que se hace palpable cada vez que refrescamos la página en la que se contabilizan infectados, muertos, curados y críticos alrededor del mundo.

Pero el miedo y el equipaje no son suficientes. El virus, nuestro pasado familiar y nuestras limitaciones se nos hacen poca cosa en mitad del encierro. Necesitamos algo más, un enemigo, alguien que tenga la culpa de lo que nos pasa, de la planificación insuficiente, de la falta de medios esenciales, de la mala interpretación de los datos. No es necesario buscar demasiado porque sus nombres nos los gritan nuestras pantallas continuamente. Cada uno de nosotros filtra e interpreta la información que compartimos de manera absolutamente sesgada. Nuestra identidad, la que nos permite sobrevivir, en ocasiones nos coloca ante disyuntivas extrañas. El encierro nos hace mirar las cosas con suspicacia y no hay quien despierte más suspicacia que aquellos que no son como nosotros. La televisión, el ordenador y el móvil repiten las mismas historias, pero nos las ofrecen con protagonistas distintos, nos permiten fijarnos en quienes no son como nosotros.

Los inviernos largos no son buenos cuando uno está encerrado. El confinamiento siempre será mala cosa, pero sobre todo si lo convertimos en disparadero de nuestras obsesiones. El mal existe, nuestras limitaciones son tremendamente frustrantes, pero ningún rostro sirve como razón suficiente de los mismos. La única manera de enfrentarse al mal consiste en plantarle cara y para eso necesitamos compañía. Justo lo contrario de lo que nos enseñan los fanáticos de ejemplos monótonos, los que escupen su furia contra cualquiera como si el mundo consistiera en una competición para ver quién es más víctima. Tenemos muchas fuerzas para compartir si dejamos de perseguir un culpable que arrojar a la cara de quien nos podría fortalecer. No para ganar, pero sí para luchar.

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COMENTARIOS

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    María José 1 año

    Qué buen artículo!!!!!!

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    Mayte 1 año

    Lo habéis bordado. El esfuerzo titánico está en dejar de «perseguir un culpable que arrojar a la cara de quien nos podría fortalecer» porque necesitamos, más que nunca, aliarnos para luchar…

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