Batallas culturales y medias verdades

La política es, o debería ser, el arte de solucionar problemas, de encauzar situaciones conflictivas y de crear consensos en torno a los grandes asuntos que inciden en la vida de la gente, ofreciendo alternativas reales y creíbles para que sean valoradas y refrendadas, en su caso, por la ciudadanía. Cuando esto no es así, cuando se plantea el debate en términos de problemas que no son reales, o que simplemente no existen, y por tanto no tienen solución, pero que ocupan el imaginario de un sector de población, asistimos más bien a lo que se viene llamando «batallas culturales». Es decir, aquellas estrategias propias de la derecha extrema que pretenden influir en el ánimo (y en el voto) de sectores de la población, normalmente atenazados por algunos miedos, generalmente desinformados y desgraciadamente vulnerables. Gentes susceptibles de ser movilizadas electoralmente, mediante el mecanismo de señalar un «enemigo exterior», causante de todos los males, y cuya aparente identificación exime a estos sectores de población, de toda reflexión o pensamiento más allá de esa culpabilización del citado enemigo.

Ahora parece que es el pin parental, antes eran los menores inmigrantes o la inmigración en general, adobada con datos falsos sobre supuestas ayudas que reciben, superiores a las de la población autóctona. Siempre ha sido la ruptura de la unidad nacional o la pérdida de la identidad religiosa, cuando no la puesta en peligro de ancestrales, y en la mayoría de los casos lamentables, tradiciones. El mecanismo es bien simple, se lanza una amenaza siempre falsa, la mayoría de medios de comunicación se hace eco de la misma, la realza, la exagera (reconozcamos que por desgracia es más fácil esta tarea que una investigación profunda) y provoca la atención generalizada, que consigue identificar al enemigo. El resto viene por si sólo. Los miedos y las vulnerabilidades de una parte de la población son el mejor caldo de cultivo para que la amenaza parezca real, de modo que ésta cala en el sentir ciudadano. A partir de ese momento, ya se puede abandonar esa amenaza y lanzar otra. La ciudadanía afectada se convierte en «hooligan» de la causa y en propagandista de la misma. A partir de ese momento, quien contradiga la «verdad» es también enemigo, al que no sólo no se le vota, sino que es susceptible de ser repudiado y demonizado.

El éxito de la operación radica en la mezcla explosiva de estrategia política simple pero efectiva, población vulnerable y medios de comunicación desgraciadamente equidistantes, que son los mejores altavoces. No es un buen escenario para desarrollar estrategias políticas inclusivas, redistributivas, abiertas y solidarias. Y sin embargo, no queda más remedio que plantar cara en aras a la transparencia, la decencia cívica, la justicia, la libertad y la democracia.

Y hacerlo con mucha didáctica y mucha explicación. Ofreciendo información y hechos a la ciudadanía, incluso a quienes han podido votar opciones ultraderechistas, mostrando convicción y firmeza en la defensa de valores que, en el fondo, son los valores de mucha de esta gente. El miedo, la desinformación y la vulnerabilidad se combate con argumentos y hechos que acrediten la falsedad de las medias verdades o mentiras completas. De nada sirve, en mi opinión, ofrecer respuestas de argumentario oficial , pues con las mismas sólo reafirmamos el «hooliganismo» de estos sectores. Si alguien pone encima de la mesa, el tema de los mal llamados «menas», se debe contraponer con datos reales sobre el verdadero impacto de la inmigración y la necesidad de atención pública a estos menores para evitar que caigan en manos de mafias, con visualización de los centros y las atenciones que se ofrecen. Si se ataca con el pin parental, ha de contraponerse la igualdad y la integración que ofrece la escuela pública, la práctica inexistencia de problemas sobre las actividades extraescolares y la bondad y utilidad de las mismas. Demostrando que «salvar» a España es mejorar las condiciones de nuestros servicios públicos y garantizar la igualdad en el acceso a los mismos. Que nada tiene que ver con agitar banderas y eslóganes.

A las y los dirigentes de la extrema derecha y a sus propuestas y estrategias, contundencia argumental sin cuartel, búsqueda a través del debate sosegado de sus contradicciones y mentiras, aportación indiscutible de datos reales y contrastados y demostración palpable de la injusticia de sus alternativas. Con toda la firmeza y toda la legitimidad democrática otorgada por las urnas. A los sectores de población vulnerables y susceptibles de asumir los postulados de la extrema derecha, mucha explicación y mucha didáctica, mucho ejemplo de convicción y coherencia para desmontar sus miedos e inseguridades y todas las políticas públicas sociales y redistributivas para que recuperen la confianza en los poderes públicos, y en definitiva, en la política. Será una batalla larga y dura, pero hay que darla y ganarla en nombre de la democracia, de la libertad y de nuestra Constitución, que es de todas y todos y no debemos permitir que nadie la trajine.

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