Bienvenidos al Albaichín

Que los chinos van a dominar el mundo ya nadie lo duda, pero que en unos años terminen dominando el Albaicín nadie se lo podría haber imaginado, aunque así parece que va a ser a la vista de las intenciones de la empresa Lisong Investments, promotora china de hoteles de lujo, que pretende convertir en hoteles de alto standing muchos conventos del Albaicín: Santa Isabel la Real, Santa Catalina de Zafra, Santo Tomás de Villanueva (las Tomasas), y los monasterios de San Bernardo y la Concepción.

Es comprensible que la situación económica de las distintas congregaciones de monjas dueñas de este impresionante patrimonio las pueda llevar a tomar la triste determinación de vender sus conventos y monasterios, y que la intención de estos chinos, aparte de ganar mucho dinero, sea conservar sus capillas y resto de bienes de incalculable valor, aunque haya en ellos turistas pernoctando y utilizando todos sus rincones a todas horas, pero olvidan lo principal…

Independientemente de que cada caso concreto merecería un análisis propio, lo prioritario es que se trata de “nuestro” patrimonio histórico-artístico, el de todos, de Bienes de Interés Cultural de incalculable valor, no ya económico, sino cultural e histórico, que entronca con nuestras raíces antropológicas, al formar parte esencial de las manifestaciones sociales, culturales y religiosas de nuestra comunidad desde hace siglos, por lo que en este aspecto nos pertenece a todos y no sólo a sus propietarios, y es de todos el deber de promover su conservación y defensa.

Esa es la esencia última del patrimonio histórico, por lo que los cambios radicales en su uso alteran no sólo su naturaleza intrínseca, sino la de todos nosotros y principalmente la de un barrio -declarado Patrimonio de la Humanidad en 1994-, que parece ir abocado a convertirse en un gran complejo hotelero.

Por su parte, la postura del Ayuntamiento de Granada no es negacionista a la expansión del nuevo Albaichín, los escollos que pone al proyecto mandarín son soslayables, ya que, “requiere una propuesta de actuación general respecto a todos los conventos existentes en el ámbito del PEPRI -Plan Especial de Protección y Reforma Interior- Albaicín (no solo de forma particular para este único convento)», ya que el último expediente iniciado a instancia de Lisong Investments se refiere sólo al monasterio de San Bernardo, en plena Carrera del Darro. Ante lo cual, la avispada empresa china ya ha promovido una actuación general respecto a todos los conventos y monasterios citados, que se encuentra aprobada inicialmente y a expensas de la resolución final.

O sea, que en breve tendremos aprobado el uso hotelero de tales conventos, en contra de los colectivos vecinales y de los defensores del patrimonio histórico granadino.

El problema de la masificación turística de las ciudades con un importante patrimonio histórico-artístico, como es el caso de Granada, se ha convertido ya en la cuestión a resolver de más calado en la actualidad para dichos municipios, y también para el nuestro, que soporta un flujo de personas imposible de sostener, que además degradan la ciudad y nuestro patrimonio, lo que pagamos con nuestros impuestos los vecinos. A ello se suma que los barrios del centro, que son los que albergan mayor concentración de Bienes de Interés Cultural, se están empezando a quedar deshabitados, para dar paso a los pisos de alquiler turístico y demás modalidades de alojamientos de viajeros.

Junto a ello, los comercios se transforman en tiendas de souvenirs de todo tipo o de venta de bebidas y comidas rápidas para que los turistas no pierdan mucho tiempo en la ingesta de viandas y puedan seguir viendo monumentos.

El resultado de todo este proceso de turismo masificado es la anulación de la vida del centro de la ciudad, la huida de los vecinos hacia otros barrios más tranquilos y más baratos -tras vender sus casas a precios de oro o expulsar a los inquilinos para venderlas-, y su conversión acelerada en un parque temático sólo para turistas. En definitiva, todo se pone al servicio del turista.

La conversión de una localidad en un parque temático para turistas puede ser comprensible en municipios con pocos habitantes, ya que ello va a convertirse en su estímulo económico y vital, pero Granada es una ciudad de tamaño medio, que tiene vida propia y no puede abandonarse a un turismo sin freno ni control en detrimento de la vida de sus ciudadanos.

Por eso el dilema del turismo del siglo XXI se centra en cómo hallar el equilibrio perfecto entre no finiquitar el principal motor económico de las ciudades turísticas y no terminar con el patrimonio monumental ni con la propia vida vecinal. La solución debe ser de consenso entre todas las partes en conflicto -incluidas las ayudas a las congregaciones religiosas-, y aprender de los aciertos de las experiencias que funcionan y de los errores de las que no funcionan, como, por ejemplo, Venecia.

Pero otro punto crucial insoslayable y conjunto en este proceso global es el mantenimiento y cuidado de la ciudad. Granada está llena de grafitis, y nuestros monumentos no se libran de semejante vandalismo, que se extiende a casas, comercios, etc., con absoluta impunidad, como tampoco se libra de pegatinas y anuncios de todo tipo en vallas, locales abandonados, postes, farolas, hitos de la luz y hasta en tuberías, que ensucian y deslucen a una ciudad a la que ya no le basta con tener la Alhambra, el Albaicín y Sierra Nevada, para poder ser competitivos en relación con las ciudades mejor conservadas y con turismo de mayor calidad, porque la gallina de los huevos de oro es un concepto trasnochado en el turismo actual.

La pasividad de las autoridades ante la evidente degradación de Granada es pasmosa, y la primera acción que pueden emprender para evitar que continúe es implantar de una vez una tasa turística para poder afrontar todos los problemas descritos y poder encaminar a Granada hacia un futuro turístico de calidad en armonía con la vida ciudadana y vecinal, y no parece un buen comienzo convertir a nuestro barrio más emblemático, plagado de joyas de nuestro patrimonio histórico-artístico en un complejo hotelero, para disgusto de sus vecinos y de todos los granadinos, que deben ser siempre lo primero para cualquier gobernante local.

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