El crimen de Las Mimbres de Dílar

La investigación que iba a tener lugar después de la aparición del cadáver de Josefa Rosa Portillo, de 61 años de edad, propietaria del restaurante Las Mimbres de Dílar, el 5 de octubre de 2000 en su vivienda, situada en la parte superior del mismo inmueble en el que se encontraba su establecimiento de hostelería, iba a tener mucho de thriller.

Fue objeto de análisis pormenorizado en un curso de verano que Melchor Saiz-Pardo y yo, organizamos en la Universidad de Granada, en 2010, que dimos en titular: “el crimen en la historia”. Posteriormente, en el seno de los cursos del taller “Crear en Granada”, de la Escuela de Escritores Valparaíso, que organizó Granada Histórica, comenté algunos de los aspectos de la investigación desarrollada en el crimen de Las Mimbres de Dílar, con el escritor Lorenzo Silva. En el transcurso de aquella cena con él en el granadino restaurante de las Titas, tomó muy interesadamente notas para lo que según me dijo iba a ser muy posiblemente, según me comentó, un nuevo caso a resolver por los populares Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, investigadores de la Guardia Civil por él creados literariamente.

El móvil

El crimen tuvo como móvil el robo. De ello no dudaron en ningún momento los integrantes del Grupo de Homicidios de la Guardia Civil en Granada, los particulares Bevilacqua y Chamorro locales, Alfredo Suárez Vicente (sargento) y la teniente observaron desde el primer momento y se lo manifestaron al titular del Juzgado de Instrucción número 6 de Granada, Miguel Ángel del Arco Torres, que fue el juez que dirigió y ordenó las diligencias sumariales del suceso. La escena del crimen así lo reflejaba claramente.

Todos los cajones de la casa estaban revueltos, sin embargo, su estado no daba la impresión de que hubieran sido registrados a conciencia para localizar elementos de los cuales apoderarse, ni de que en ellos faltara nada. Los malhechores obviaron llevarse los casi once millones guardados en una carpeta que habrían localizado fácilmente, de hecho, lo hicieron, la cual dejaron con reveladora intención de despistar. Tampoco tomaron ninguna de las joyas o alhajas que había en la casa, ni las que portaba la propia víctima. Para acceder a la vivienda emplearon la puerta que la conectaba con el restaurante situado en la planta baja. Dicha entrada no aparecía ni quebrada ni forzada, había sido practicada con su propia llave, con casi total seguridad. La caja registradora del establecimiento, en el que los autores del crimen habían estado como demostraron las especiales pruebas que practicó la Guardia Civil, estaba intacta. No faltaban bebidas caras, ni tabaco, ni ningún otro bien de los que habitualmente suelen tomar los malhechores cuando realizan este tipo de actos. Solo faltaban varios manojos de llaves, entre ellos el correspondiente a la llave de la vivienda superior y, curiosamente, todo demostraba que el autor o autores de aquel trágico suceso, accedieron a la vivienda de Josefa sin forzar cerraduras ni romper ventanas, yendo directamente al armario donde Josefa guardaba parte de su dinero.

Nada más aparecía alterado. Todo apuntaba a que quién cometió el crimen sabía bien qué buscaba, dónde debía hallarlo y sobre todo cómo conseguirlo fácilmente.

Cómo murió la víctima

Según la sentencia la víctima debía de hallarse en su dormitorio descansando cuando los autores accedieron a la vivienda. En algún momento, sin embargo, debió de percatarse de su presencia sorprendiéndolos cuando robaban, siendo entonces cuando los asaltantes le asestaron un duro golpe en la cabeza con un candelabro, que fue hallado en el pasillo, cayendo desvanecida. Seguidamente la acometieron hasta asfixiarla. La víctima debió de resistirse inicialmente porque tenía claros signos de haberse defendido en sus manos. Para completar la escena y tratando de desviar la atención de los investigadores habrían revuelto los cajones y taparon el rostro de la víctima, con una tela, muy posiblemente por no soportar su visión.

Sospechosos

Desde el primer momento la Guardia Civil sospechó del entorno de la víctima. Los particulares Bevilacqua y Chamorro de Granada, estuvieron siempre convencidos de que el robo y el crimen eran cosa de gente cercana a Josefa Rosa Portillo incluidos sus más cercanos familiares. Indagaron concienzudamente entre ellos y tras varios interrogatorios, tras el análisis de las huellas halladas en el lugar, los resultados de las pruebas de ADN y otros elementos de convicción que lograron reunir consiguieron imputar a tres personas. Primero, José Antonio V. R., el hijo de la víctima, quien tenía problemas de adicción a las drogas pero que negó siempre su participación en los hechos, aunque fue la última persona en ver a la víctima con vida y también quién la descubrió por la mañana del día 5 de octubre tirada en el pasillo de la vivienda. Sus huellas en lugar del crimen y las contradicciones en las que incurrió durante las indagaciones a las que fue sometido lo convirtieron en el principal sospechoso. Segundo, Oscar O.P., primo político de José Antonio, que pronto reconoció que la tarde del día anterior al crimen, el 4 de octubre, fue convocado por José Antonio en las proximidades del restaurante para efectuar un trabajo, pudiendo quedarse oculto tras la cita en el interior del mismo cuando Josefa lo cerró aquella aciaga jornada. Oscar O. también admitiría posteriormente que aquella misma noche recibió una maleta con 700.000, una cajita con unas joyas y las llaves del Mitsubishi Pajero de José Antonio para que lo hiciera desaparecer, lo cual hizo. Para ello se valió de unos calcetines que se puso en las manos para no dejar huellas y se hizo asistir por un conocido. Y tercero, el colega de Oscar O., Carlos G.R. apodado “el Yunque”, a quien le pidió que le ayudara a hacer desaparecer el vehículo para evitar las represalias de un narcotraficante que andaba en su búsqueda. Varios días después el todoterreno aparecería abandonado en Churriana de la Vega tras una nave de mármoles, con las únicas huellas de José Antonio V.R. y con signos aparentes de haber sido robado o, mejor dicho, simulando su sustracción, al aparecer arrancada la radio.

Carlos, “el Yunque”, le dio cobijo en su propia casa, pero al día siguiente, mientras almorzaban vieron en televisión la noticia de que la dueña del restaurante Las Mimbres, la madre de su primo José Antonio, había aparecido asesinada en su domicilio, fue expulsado de la vivienda por la pareja del Yunque, cuando ésta se enteró de lo ocurrido. Previamente a su lanzamiento, que se produjo por la tarde cuando regresó a la vivienda de su colega para permanecer oculto, había quedado citado con su primo, el hijo de la víctima, en la puerta del Centro de Salud del Zaidín, donde habría recibido otras 500.000 pesetas para que comprase el silencio de Carlos G.P., “el Yunque”, el cual, tras recibirlas, días después compareció en la Guardia Civil y en el juzgado para contar cuanto sabía y devolver el dinero recibido. Oscar O. fue inmediatamente detenido e ingresó en prisión por mandato judicial el 21 de octubre de 2000.

La pista decisiva

Además del resto de diligencias practicadas, relata la documentación judicial y la propia sentencia de la Audiencia Provincial, que resultó determinante para el esclarecimiento de los hechos y el señalamiento de los autores, que la víctima, Josefa Rosa Portillo, en un deseo de convencer a sus propios hijos de la necesidad de dedicarse al negocio familiar, único sustento de la familia tras la muerte poco antes del padre, les enseñó el lugar donde en la vivienda guardaba el dinero ganado con el negocio. Llegó a mostrarles incluso los varios fajos de billetes que sumaban más de 20 millones de pesetas, lo que alentó la mente de José Antonio, que comenzó a concebir la perpetración del crimen. Se concertó con su primo Óscar y entre ambos, la noche del 4 al 5 de octubre de 2000, lo ejecutaron.

La condena

Inicialmente resultaron condenados por la Audiencia Provincial de Granada los tres procesados. José Antonio V.R., de 38 años, hijo de la víctima, y su primo Oscar O.P., de 26, que fueron sentenciados a 20 y 17 años de prisión por un delito de robo con homicidio, respectivamente, y Carlos G. P., “el Yunque”, a quien se le impuso una pena de seis meses de prisión por encubrimiento del delito.

La vista del juicio oral por el sumario que fue instruido por el Juzgado de Instrucción número 6 de Granada dio comienzo el día 5 de mayo de 2003 y se desarrolló durante varias sesiones. Andrés Vargas, el abogado del principal encausado, el hijo de la asesinada, aún hoy hace una defensa total de su defendido, al que inicialmente libraría de ir a la cárcel en tanto se sustanciaba el recurso de casación que interpuso y que posteriormente lograría su absolución por la falta de pruebas reales e inequívocas que demostrasen su culpabilidad. En efecto, finalmente el Alto Tribunal Español, casaría la sentencia condenatoria de la Audiencia Provincial de Granada y absolvería a José Antonio V.R. De los tres condenados solo ingresó en prisión Óscar O. que cuando llevaba trece años de internamiento obtuvo el tercer grado y el régimen abierto. Actualmente ha saldado sus cuentas con la justicia por causa de este terrible suceso.

Cuestión sin resolver

Unos días después del asesinato se perpetró un robo en el restaurante, en el lugar del lavadero. Nadie sabe muy bien qué pudo ser sustraído porque nada de valor faltaba. Solo se registró el suceso y la ruptura de la portada de acceso. Los 23 millones de pesetas que fueron sustraídos en la noche del crimen, con los que Josefa Rosa Portillo iba a adquirir un piso al día siguiente, jamás aparecieron. ¿Fue escondido el dinero por los autores en este lugar hasta que pudieron volver a por él? Todo apunta a que tal hipótesis es verosímil… Nuestros particulares Bevilacqua y Chamorro, no lo descubrieron.

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