El exorcismo del Albaicín (1990)

Un día de 1999, como todas las mañanas, cuando en compañía de unos compañeros bajé desde mi despacho en el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía para tomar café en el popular restaurante y cafetería Torres Bermejas, lugar habitual de encuentro de profesionales de la justicia por su proximidad al palacio de la Real Chancillería, advertí una peculiar reunión que me llamó poderosamente la atención, como solo es posible sorprenderse en Granada. En una esquina charlaban un magistrado, Pedro Ramos Almenara, que fue ponente en la sentencia que en mayo de 1989 condenó por robo a Mariano Vallejo Fuentes, alias “el pastelero”, que al año siguiente sería el principal encausado y condenado como responsable del conocido como “El exorcismo del Albaicín”, crimen que voy a relatar.

Todo fue extraño

Aquella reunión en el establecimiento de plaza Nueva que al menos volví a observar en un par de ocasiones más hizo que le preguntara al magistrado sobre el asunto del exorcismo del Albaicín. Él no había sido ponente ni había formado sala en el asunto, pero por otras cuestiones anteriores del pastelero, éste trataba de siempre de abordarlo e “invitarlo” a un café, eso sí, previamente le prometía que ya no lo iba a hacer más…

Manuel García Blázquez, médico forense, funcionario de la Administración de Justicia, fue el facultativo que efectuó la autopsia del cuerpo de Encarnación Guardia Moreno por disposición de la ley y del titular del juzgado de instrucción número 8 de Granada, Rosa María Ginel Pretel. También aquél escribiría “El exorcismo del Albayzín” —Blázquez utilizó esta forma entre romántica y arcaica para denominar el barrio en su obra— un libro muy particular que publicó la editorial Comares en 1992, que fue éxito de ventas en el momento, en el que el autor narraría alejándose en muchos pasajes del rigor de la ciencia forense, las cuestiones para él misteriosas y extrañas, casi exotéricas, que rodearon el suceso. La instructora del proceso aún manifiesta su sorpresa con las posiciones mantenidas por García Blázquez en su narración del exorcismo.

Mariano Vallejo Fuentes, “el pastelero”, el principal inculpado en el caso de la muerte ritual de Encarnación Guardia Moreno, falleció hace ya algún tiempo. Era hijo de una conocida curandera. Tenía antecedentes penales por delitos contra la propiedad. Fue una personalidad y un personaje muy conocido en distintos lugares, entre otros en el antiguo barrio medieval de Granada, donde ocurrió el exorcismo.

Todavía hoy algunos miembros de la familia de la víctima y personas muy cercanas a ella mantienen que el maligno y por lo menos la presencia de un alma en pena, fueron los desencadenantes de aquel acontecimiento que todavía hoy hace pasar con cierto reparo y sigilo por delante del número 39 de la calle San Luis de los Franceses, en la parroquia del Salvador, ubicada a los pies del misterioso cerro del Aceituno, junto a la placeta de Luque, donde las tradiciones y antiguallas granadinas relatan antiguas leyendas.

Yo, fui compañero de colegio de José Guardia Alonso, el primo de Encarnación Guardia, cuyo espíritu según los agentes activos y pasivos del exorcismo, mantuvieron que fue el que desencadenó los hechos. Pepe Guardia era un buen muchacho y amigo. Murió en 1985 víctima de una terrible enfermedad. No descansaba en paz, mantenían su madre y toda su familia. Apenas cinco años después de su fallecimiento tendría lugar el exorcismo en el que se pretendía liberar a su prima Encarna del espíritu que tenía alojado en su cuerpo desde que de él se había posesionado durante su reciente estancia en Francia y se pretendía dar paz y descanso a José. Hay una fotografía colectiva de la celebración de la Primera Comunión en las Escuelas del Ave María. José Guardia Alonso aparece de pie junto a mí.

Todo en aquel famoso acontecimiento criminal, porque así fue considerado por la justicia de los hombres y que desbordó las fronteras locales convirtiéndose en un suceso de repercusión internacional, fue misterioso.

Algo terrible

Un exorcismo no es cualquier cosa. Es un remedio límite para una situación límite que solo puede o debe ser practicado por quienes tienen habilitación moral para hacerlo, siempre sobre la base de que se crea en él como procedimiento o que se carezca de otra razón científica aplicable. Un exorcismo es Algo muy especial que forma parte del contexto de las creencias que trata de provocar un resultado no solo espiritual sino también material. La realización de un exorcismo no puede ser efectuada por cualquiera, ni en el ámbito de la iglesia católica, ni el de ninguna otra confesión, da igual la que sea. Incluso, ni asimilándolo o circunscribiéndolo en el contexto de las prácticas animistas o el vudú, que es la religión más antigua que se conoce, puede dejarse al libre albedrío de nadie.

La práctica de un exorcismo es algo terrible. Lo he podido contemplar de primera mano con los documentos gráficos, sonoros y de toda índole de un exorcista oficial de una diócesis católica española que lo practicó en un cercano pueblo de la comarca de los Montes de Granada y es algo que te deja impactado y la mente turbada. Fuera de este contexto restringido y ajeno a toda lógica normal, tuvo lugar el “Exorcismo del Albaicín”, según mi opinión, el día 30 de enero de 1990.

Los antecedentes

Desde la muerte de su suegra, Bernardo Guardia Cirre decía que no se encontraba intranquilo; que estaba inquieto, nervioso y que no podía conciliar el sueño debido a la presencia de espíritus y seres invisibles que se instalaban y permanecían junto a él golpeando las butacas donde se acomodaba o se le introducían en la cama. Fue esta la razón por la que, para buscar remedio, de acuerdo con su familia, decidió acudir a curanderos y echadores de cartas que acabaran con los fenómenos extraños.

Cuando Encarnación Guardia Moreno conoció la situación que afectaba a su tío Bernardo acudió en varias ocasiones a visitarlo. En una de estas visitas coincidió con Mariano Vallejo Fuentes, “el pastelero», amigo de la familia e hijo de una conocida curandera, al que todos reconocían un singular poder curativo con la imposición de manos, poderes que le había transmitido su madre, que tenía fama de medium. Vallejo había acudido a petición de Bernardo Guardia para tratar de solucionar las sensaciones que experimentaba, recomendándole a la vez que le imponía sus manos sobre la cabeza, hacer determinadas cosas que contribuirían a liberarlo de aquellos fenómenos y padecimientos. Así, entre otras cuestiones le recomendó que pusiese una cruz a los pies del lecho donde dormía y que tuviese una estampa de la Virgen, la misma que le entregaría a Encarnación Guardia.

A ambos les recomendó que rezasen. En este primer encuentro Encarnación llegó a entrar en un particular trance, durante el cual echó la cabeza hacia atrás y su rostro adoptó un rictus extraño. Después comenzó a hablar en un tono de voz que no era el suyo, semejante al de su primo Pepe, muerto cinco años atrás. José Guardia Alonso era hijo de María Alonso Vacas, que resultaría procesada posteriormente durante la causa, y el sobrino predilecto de Bernardo, con el que éste tenía una especial relación de afecto. Fue por este motivo por el que durante el trance Encarnación manifestaría a su tío que era su espíritu el que percibía permanentemente a su lado. Seguidamente Encarnación se desvaneció, situación de la que fue extraída por Mariano Vallejo dándole unas palmadas en la cara para que retornase a la realidad.

El día 29 de enero de 1990, en el domicilio de María Vacas Alonso situado en el número 39 de la calle San Luis, tras ser convocados se reunió con sus hijos, Miguel, Antonio, Francisco, Isabel y Enriqueta Guardia Alonso. A la reunión acudieron también Encarnación Guardia Moreno y Mariano Vallejo Fuentes, “el pastelero”, que visitaba con frecuencia a María para imponerle las manos en los pies y la cabeza, con lo que decía sentir alivio de los dolores que frecuentemente padecía. En la reunión se trató en común sobre la existencia en la casa de los espíritus de varios familiares fallecidos, llegando Encarnación, Isabel y Enriqueta, las tres primas, en señalar que los espíritus eran sin ninguna duda los de los abuelos Joaquín e Isabel y el de su primo y hermano, José Guardia Alonso, que había sido adicto a las drogas y al que Mariano Vallejo también le había impuesto las manos para ayudarle en su propósito de dejar los estupefacientes, lo cual no había conseguido, falleciendo poco después.

Poseída por un demonio

Al día siguiente, martes 30 de enero, al parecer sin haberse concertado casi la totalidad de las personas que estuvieron presentes en la reunión del día anterior, volvieron a coincidir en la misma casa María Alonso en la calle de San Luis y volvieron a centrar su conversación en la presencia de los espíritus de familiares en el inmueble, principalmente el de José. De nuevo Encarnación, pero también Isabel y Enriqueta, comenzaron a hablar como si fueran sus abuelos y José, el primo y hermano, transmitiendo mensajes que les indicaban a los presentes lo que tenían que hacer para que definitivamente descansara en paz el espíritu del primo y hermano y que abandonara definitivamente la casa. En los mensajes el espíritu de José les habría transmitido a todos los familiares por medio de su prima y hermanas que debían de quitase el luto e ir a comerse todos juntos un pollo a un establecimiento que alguien había prometido si él, José, hubiera sanado cuando estaba enfermo. Todos abandonaron después la casa y se marcharon a un establecimiento cercano para dar cumplimiento al deseo de José y después regresaron de nuevo. En la casa había permanecido Mariano Vallejo, el pastelero, continuando con el mismo tema de conversación sobre los espíritus con Encarnación Guardia. Ésta le había contado como había regresado el anterior mes de septiembre desde Francia, donde había estado trabajando, y como el director del establecimiento donde había prestado servicio asistía con frecuencia a sesiones de magia negra y cómo en cierta ocasión le había enviado a lavarse sus órganos genitales y que por tal procedimiento había engendrado en su interior a Lucifer o Satanás, por lo que estaba poseída.

El exorcismo

Sea como fuere, en el curso de aquella conversación Encarnación habría pedido ayuda a Mariano Vallejo para expulsar al demonio de su cuerpo. No obstante, tras haberse resistido previamente a hacerlo porque el método y procedimiento para hacerlo era muy duro y peligroso, habría accedido finalmente a hacerlo. Una vez que había regresado Enriqueta, su prima, que había estado ausente unas dos horas por haber salido con su novio a dar una vuelta, comenzó la preparación del exorcismo por indicación de Vallejo.

Isabel y Enriqueta, todavía en presencia de varios familiares más, comenzaron a preparar el exorcismo, principalmente calentando agua mezclada con sal, en cantidad considerable, que seguidamente comenzarían a dar de beber a Encarnación haciéndola ingerir varios vasos. Fue tal la cantidad que le hicieron ingerir que no pudiendo tolerarlos comenzó a vomitar.

Seguidamente la desnudaron y quemaron la ropa que llevaba puesta, se deshicieron de las joyas y alhajas que llevaba puestas por decir Mariano que estaban contaminadas por el demonio. Después de ello la hicieron sentarse en el retrete con el fin de que expulsase el espíritu maligno de Satán o de Lucifer que la poseía. Permaneció intentándolo al menos durante dos horas, hasta quedar extenuada. Alrededor de las dos o las tres de la madrugada del miércoles día 31, todos se habían marchado a descansar, a excepción del maestro del ritual, Mariano Vallejo, y de Isabel y Enriqueta, que continuaron suministrando agua salina a Encarnación, hasta que a las 8 de la mañana manifestó que su prima Josefa Fajardo Guardia era la elegida para extraerle a Lucifer el cuerpo, porque si no, en otro caso, iría destinado a otra de las mujeres de la familia que estuviera embarazada.

Inmediatamente fue requerida la presencia de la sobrina. Fue llamada por teléfono y como quiera que no atendía la llamada su prima Isabel fue en su busca logrando convencerla. Por el camino fue informándole de lo que sucedía. Al llegar a la casa les abrió María Alonso Vacas que ya se había levantado y ya dentro Encarnación se dirigió a ella diciéndole que era la que tenía que extraerle el demonio del cuerpo porque si no lo hacía su espíritu maligno iría a alojarse en ella. En tanto Mariano Vallejo y las dos hermanas, Isabel y Enriqueta, seguían suministrándole un brebaje ahora compuesto por zumo de naranja, agua, aceite, vinagre, sal y pimienta del que continuamente le hacía ingerir vasos, llegando incluso Vallejo a cogerla del pelo zarandeándola violentamente para que ingiriera el líquido. Encarnación estaba recostada en una rinconera de la sala baja usada para planchar que era la utilizada para realizar el ritual. Estaba completamente desnuda, porque su ropa había sido quemada la noche antes, y se cubría con una bata. Asistían a todas estas operaciones los ya citados y participantes en el ritual, el maestro Vallejo, las hermanas Isabel y Enriqueta, primas de Encarnación, y ahora Josefa Fajardo Guardia, también prima de las anteriores. No obstante, durante el proceso entraban y salían de la casa distintos familiares, algunos de los cuales desconociendo exactamente lo que estaba pasando, sí que se interesaban por las maniobras que se estaban efectuando.

El desenlace

A media mañana del miércoles 31 de enero, contrariados, los intervinientes en el exorcismo no habían logrado el resultado deseado. Encarnación comenzó a convulsionar y a manifestar temblores. Mariano Vallejo se subió encima de ella apoyando fuertemente sus rodillas en el vientre llegando incluso a ponerse de pie sobre el abdomen haciendo flexiones para incrementar la fuerza y lograr expulsar el demonio del cuerpo de Encarnación. Durante estas violentas maniobras del exorcista, Isabel y Enriqueta le sujetaban fuertemente las piernas asiéndola por los muslos y Josefa introducía las manos por la vagina de la “endemoniada”, llegando incluso a proveerse de un alfiler con el que ayudarse. Vallejo llegó en un momento a asirle algo por el ano de lo que tiró fuertemente; algo que resultó ser una hemorroide (una almorrana, dicen las diligencias). Cercano el mediodía llego Carmen Guardia, la madre de Josefa, para interesarse por el estado de Encarna, su hermana, y de qué estaba sucediendo.

Fue tranquilizada por su hija y ella misma pudo comprobar en un momento en que la puerta de la habitación del exorcismo quedó entreabierta que Encarna estaba recostada y que no presentaba mal de aspecto. Se marchó, pero regresó nuevamente entorno a las cuatro de la tarde. Encontró a su hermana recostada en el suelo y completamente mojada, con la bata abierta, inconsciente, o semiinconsciente, con los labios visiblemente inflamados y la cara amoratada, en tan lamentable estado que llamó inmediatamente a María Luisa Garzón Sánchez, una echadora de cartas a la que ella había visitado antes, para que acudiera con toda urgencia a la casa de la calle San Luis. Llegó en taxi pocos minutos después. Nada más entrar y ver a Encarnación comenzó a rezar y a pedir la ayuda de un médico. Mariano la increpó y le dijo que se fuese a rezar a otra parte, que allí estorbaba y no hacía nada, que no era necesaria su ayuda, que Encarnación debía de recuperarse sola. Tras esto Mariano Vallejo fue a ducharse y cambiarse de ropa dejando a Encarnación en tal estado.

Aprovechando la ausencia temporal de Mariano Vallejo Fuentes, el exorcista, en el escenario de los hechos, Carmen Guardia y María Luisa Garzón Sánchez, la echadora de cartas, se marcharon de la casa y fueron en busca del novio de su hija Josefa Fajardo Garzón. Cuando regresaron entre los dos viendo el estado en que se encontraba Encarna, la envolvieron en un edredón y se la llevaron a su casa y de allí, debido a que empeoraba y no superaba la crisis que padecía, al hospital Ruiz de Alda, donde Encarna ingresó por Urgencias a las dieciocho y cuarenta y cinco minutos. Fue ingresada en la Unidad de Vigilancia Intensiva. Cuando esta circunstancia fue conocida por Isabel y Enriqueta, telefonearon a Mariano Vallejo Fuentes que le comentaron el ingreso de Encarnación, recomendándole a éste que limpiaran inmediatamente la habitación donde habían practicado el exorcismo, se deshicieran de la rinconera, que sería abandonada junto a un contenedor de basura de la calle y que dejaran todo con normalidad.

Encarnación Guardia Moreno, de 36 años de edad, falleció al día siguiente. Era día de San Cecilio, festividad del santo copatrón de Granada. El barrio del Albaicín donde de modo tan extraño había imperado el maligno, se aprestaba a celebrar la fiesta en el cercano Sacromonte.

El informe médico-forense dictaminó que el óbito le había sobrevenido como consecuencia a causa de una ingesta masiva de sal que le produjo una hemorragia subaracnoidea y por la producción de lesiones muy graves consistentes en una hemorragia subdural, estallido de la vejiga, hematomas en asas intestinales, desgarro de mesos y gran desgarro perineal con rotura completa del esfínter externo del ano, que hubiese requerido una intervención quirúrgica inmediata y de alto riesgo que habría dejado secuelas graves, y toda otra serie de lesiones menos graves tales como hematomas, edemas, quemaduras, moraduras y erosiones.

Exorcistas y poseída

Mariano Vallejo Fuentes (que ya ha fallecido), había sido condenado recientemente por robo a una pena de arresto mayor. Su nivel cultural era muy bajo. Su inteligencia era media y poseía una gran capacidad de manipulación, pero no presentaba ninguna patología que pudiera afectarle a su intelecto, personalidad o que pudiera considerarse una neurosis. Tampoco presentaba trastornos mentales salvo que se consideraba dotado de poderes sobrenaturales curativos en sus manos y para los hechos paranormales, presentando por tanto un trastorno delirante de tipo grandioso, una paranoia, que permitieron calificarlo como un sujeto con síndrome esquizofreniforme paranoico compensado, sin interferencias en las restantes áreas de su vida por lo que era adaptable social y laboralmente, por lo que no presentaba ninguna patología que pudiera nublar su conciencia, aunque sí podía sufrir alguna alteración.

Las hermanas Enriqueta e Isabel Guardia Alonso, primas de la víctima, de Encarna Guardia Moreno, presentaban inteligencia media, un nivel social y cultural muy bajo, aunque en ambas destacaba el ser muy proclives a la sugestión y a la dependencia de figuras de autoridad, presentando una personalidad impresionable.

Josefa Fajardo Guardia, la sobrina, no presentaba patología alguna de ánimo, inteligencia, voluntad, memoria o personalidad, pero presentaba una tendencia a no poder sustraerse al miedo que le provocaban el conocimiento de los fantasmas familiares sobre los que venía escuchando hablar desde su infancia y adolescencia, por lo que se detectó la existencia de una neurosis infantil que había dejado como secuela un intenso temor, miedo exacerbado y una conducta de escape frente a todo lo que identificaba como “poderes y maleficios”, lo que le hacía ser una persona emocionalmente débil, frágil y carente de control en sus impulsos.

Las tres mujeres que participaron en el exorcismo, Isabel, Enriqueta y Josefa quedarían afectadas anímicamente de modo muy grave, considerándose afectadas desde ese momento en su voluntad y conciencia.

La víctima, Encarnación Guardia Moreno, separada de hecho de su marido desde hacía ocho años, dejó dos hijos, Eva y José Miguel M.G., que en el momento de su muerte con dieciocho y catorce años, sufrirían de modo muy especial las consecuencias del exorcismo. Encarnación Guardia Moreno que lógicamente no pudo ser evaluada de modo directo, podría decirse que presentaba una personalidad similar a la de sus primas y sobrina, una suma de ambas, acaso mucho más acentuada, lo que quizá fue lo que le llevó a ser la protagonista activa de su propia muerte.

Mariano Vallejo Fuentes, hijo de la medium y sanadora Marina Fuentes, e Isabel Guardia Alonso y Enriqueta Guardia Alonso, nietas y hermanas de los principales espíritus presentes en la casa donde vivían, la número 39 de la calle de San Luis de los Franceses, ingresaron en prisión por disposición del juzgado instructor, el número 8 de Granada, cuya titular era doña Rosa María Ginel, el mismo día del fallecimiento de Encarnación Guardia Moreno. La sobrina, Josefa Fajardo Guardia ingresaría dos días más tarde, el día 3. Permanecían en prisión provisional al tiempo de iniciarse la vista en la Audiencia Provincial de Granada.

El proceso y la sentencia

En medio de una gran expectación y de una gran muchedumbre congregada delante del palacio de la Real Chancilleria serían recibidas las cinco personas que a partir del día 15 de enero de 1992 se sentarían en el banquillo de los acusados de la sala de vistas de la Sección Primera de la Audiencia Provincial de Granada. El tribunal estaba formado por los magistrados Fernando Tapia López, Carlos Bellver García-Alix y Eduardo Rodríguez Cano. Como ponente estaba designado el propio presidente. Por el ministerio público formulaba la acusación Antonio Ramírez Salcedo. En el lado de la defensa se sentaban conocidos juristas como Juan Muñoz Pérez, que se ocupó de la defensa de Mariano Vallejo, Isabel y Enriqueta Guardia Alonso y la madre de ambas, María Guardia Vacas; Fabio Barcelona había sido designado por Josefa Fajardo Guardia. La acusación particular la ejercía José Guardia Moreno, siendo representada su acción por el letrado Miguel del Saz Catalá y por el Servicio Andaluz de Salud como actor civil, José Antonio Sánchez Pérez. El juicio dio comienzo aquel mismo día y se extendería durante varias sesiones. Quedó concluso para sentencia en el mes de marzo siguiente.

En el transcurso del juicio el fiscal presentó el día 12 de marzo sus conclusiones definitivas modificando el escrito de calificación provisional en el que pedía 15 años de prisión para los principales encausados. Solicitó finalmente con una calificación alternativa, once años de prisión para Mariano Vallejo, Enriqueta e Isabel Guardia Alonso y Josefa Fajardo, por un delito de homicidio, con la alternativa de un delito de lesiones con resultado de muerte o de imprudencia temeraria con el mismo resultado. El Ministerio Público consideró que, si el Tribunal se inclina por el delito de lesiones, la condena debía ser de tres años de prisión para cada uno, y si se califican los hechos como de imprudencia temeraria, cada uno de los procesados debe ser condenado a cuatro años de cárcel. Para María Alonso Vacas solicitó una pena de dos meses de arresto y cien mil pesetas de multa, por no impedir los delitos.

Por su parte, la acusación particular pidió en sus conclusiones definitivas quince años de prisión por homicidio para Isabel y Enriqueta Guardia, y doce años por el mismo delito para Mariano y Josefa, al contemplar las atenuantes de enajenación mental. También consideró en su calificación final la posibilidad de que el Tribunal se inclinase por considerar los hechos de forma distinta al homicidio, y en tal caso solicitaba seis años de prisión para cada uno de los cuatro acusados principales si se considera la existencia de un delito de lesiones, y seis meses de arresto para María Alonso y cien mil pesetas de multa por el mismo delito, es decir, lo mismo que el fiscal.

Ambas acusaciones, la pública como la particular, contemplaron la atenuante de enajenación mental transitoria en Mariano Vallejo “el Pastelero”, como principal implicado en la causa, así como en Josefa Fajardo. En el caso del primero, la atenuante se justificaba en su paranoia, y en la segunda, por su miedo insuperable que, según los informes periciales, se había apoderado de la procesada durante la comisión del crimen. Por su parte y además, el fiscal contempla la atenuante de arrebato u obcecación en las hermanas Isabel y Enriqueta Guardia Alonso.

La defensa solicitó la absolución de todos los implicados alegando las eximentes completas de enajenación mental por miedo insuperable, trastorno mental y otras concurrentes que se especifican y analizaron detalladamente en sus informes.

La sentencia fue pronunciada el 17 de marzo de 1992. Fue una resolución detallada y muy técnica en la que se analizaron una por una todas las cuestiones planteadas. El fallo impuso a los procesados Mariano Vallejo Fuentes, Isabel y Enriqueta Guardia Alonso, como autores de un delito lesiones en concurso con otro de imprudencia temeraria, con la concurrencia de la atenuante analógica de enfermedad mental a la pena a cada uno de ellos de dos años de prisión menor por el delito de lesiones y de tres años por el de imprudencia temeraria y accesorias. A Josefa Fajardo Guardia un año de prisión menor por el delito de lesiones y dieciocho meses por el de imprudencia temeraria, y accesorias para ambas. María Alonso Vacas resultó absuelta del delito de omisión del deber de impedir determinados delitos del que venía acusada. Las costas e indemnizaciones fueron impuestas igualmente a los responsables en los términos concretos que estableció el tribunal. El exorcismo del Albaicín había quedado enjuiciado por la justicia de los hombres. La sentencia no fue recurrida, quedando definitivamente firme.

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