En todo caso apostemos por la poliandria

Es conocida, practicada y hasta bien vista desde antiguo y mantenida en determinadas sociedades la práctica de la bigamia e incluso de la poligamia: el harén o el serrallo dependiendo de la creencia (Gustav Flaubert decía que el harén era el sueño de todos los estudiantes secundarios). Tanto que no es difícil definirla. La idea inversa, es decir, muchos hombres para una sola mujer, se conoce como poliandria (unión de una mujer con varios hombres al mismo tiempo). A veces es tan solo la conformidad de compartir un amor (Pablo Milanés cantaba: «La prefiero compartida antes que vaciar mi vida» y Luis Eduardo Aute: «Entre los tres nos organizamos, si puede ser»); pero no es eso. La decisión está en las manos de ella.

En un estudio de Emilio Guerrero se explica que «las causas principales de poliandria eran la escasez de mujeres, debido al infanticidio de las mismas y a la apropiación de muchas mujeres por parte de muchos jefes polígamos y los poderosos de la tribu, y a la escasez de comida que hacía imposible que cada miembro masculino de una familia mantuviera a una esposa».

Esta unión conyugal —menos frecuente que la poligamia— existió entre los antiguos bretones y los árabes; los habitantes de las Islas Canarias, los aborígenes de América y los hotentotes; los habitantes de la India, Ceilán, Tíbet, Malabar y Nueva Zelanda. Incluso hoy en día la podemos encontrarla en la zona del Tíbet, en las Islas Aleutianas, entre los cosacos de Zaporogian o entre los hotentotes, donde sigue manteniéndose. Entre los tre-ba del Tibet, por ejemplo, todos los hijos del mismo padre compartían una única esposa. Así que sólo celebraban una boda por familia en cada generación. El padre Benito Jerónimo Feijoo, en su impagable ‘Teatro crítico universal’ (1726-1740), comenta que en Malabar, región de la India meridional, pueden las mujeres casarse con cuantos hombres quisieren.

Bertram Chandler hace referencia a la poliandria en ‘La jaula’, de 1957; e Isaac Asimov en varios de sus escritos: ‘La receta del tiranosaurio’ o ‘Cleón el emperador’, publicados ambos en 1992.

Simone de Beauvoir, en ‘El segundo sexo’ (1949), incluye este concepto en su negación espiritual del vínculo de convivencia: «El matrimonio, sea cual fuere su forma — monogamia, poligamia, poliandria— no es más que un accidente profano que no crea ningún vínculo místico».

Porque quién no ha soñado con tener más de una joven odalisca, custodiada por eunucos, siempre a su disposición. Quién no ha envidiado a las sociedades que fomentan el casamiento múltiple, alimentando el exotismo de primera esposa, segunda esposa… y así hasta colmar los sueños. A mí, en verdad, me daría cierta pereza. No sólo por cuestiones económicas sino también sociales. Si el compromiso entre dos es duro (por usar una expresión que no salpique demasiado), no digamos los deberes entre tres, cuatro o cinco…

Puestos a elegir, sin embargo, me inclinaría por una mujer para varios hombres, o, lo que es lo mismo pero no es igual, varios hombres para una mujer. Asumo mi veinte por ciento, por ejemplo, con la alegría de gozar de las maduras, pero también de repartir las duras. Me divido o me desdoblo, he ahí la cuestión.

Quien esté conmigo que tire la mano y esconda la piedra.

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