Imaginar

La generación de quienes nacimos en los setenta ha sido brutalmente realista. Nuestras razones teníamos. Vimos caerse el socialismo real y, lo que resultó más impactante, comprobamos que eso no hizo más razonable al capitalismo, sino más cínico y despiadado. Recuerdo que se decía, y de hecho creo que yo mismo lo decía, que sin la hipoteca de los regímenes del Este se abría la posibilidad de transformar el mundo, sin que nadie te reprochase que buscaras reproducir el socialismo de cuartel.

No, nada de eso. Lo que se promovió fue lo siguiente. Se empezó a decir que cualquier forma de imaginar algo distinto era imposible y, si se hacía posible, exigiría una violencia enorme. Por tanto, acechaba un Gulag, tras cada propuesta de reforma en serio. Las generaciones que nos sucedieron intensificaron ese realismo cínico. Ni siquiera conocieron otro sistema que representase un desafío y su horizonte de posibilidad quedaba absolutamente restringido: todo consistía en vivir en este sistema y en actualizar sus principios como si procediesen de la miga de la naturaleza humana. Esos principios suelen resumirse en uno: las cosas se hacen como sabemos que se hacen y lo demás son malas historias. Sobre amar, trabajar y gobernar no hay mucho que discutir. Si no te adaptas, búscate la vida y corrígete la psicología.

Mas todo no fue tan bien. Alguien me refirió un chiste que tenía fama en el antiguo mundo soviético. Un compadre le decía a otro: “¿sabes por qué los comunistas son lo peor que existe? Pues porque todo lo que contaban del comunismo era falso… y, ¡encima!, todo cuanto narraban del capitalismo era verdad”. Así fueron las cosas y el sistema que expresaba la miga de la naturaleza humana entró en una crisis y fracturó muchas vidas. Lo hizo sin que nadie se le opusiese seriamente, se metió solo, de una manera que resultaba previsible. Cuando uno contempla la crisis de 2008 a la luz de las teorías del fetichismo del capital financiero, comprende el valor del chiste postsoviético: el comunismo era moralmente reprobable porque socavaba nuestra esperanza, y con mucha razón, ¡también de que el capitalismo fuese algo razonable!

Tantos años sin imaginar alternativas no pasan en balde. Cuando llegó la crisis esta se encontró con sujetos que creían saberlo todo sobre amar, trabajar y gobernar. La mayoría comenzó a quejarse amargamente pero sobre todo porque ellos, que tanto habían hecho por amar, trabajar y gobernar como estaba mandado, es decir como mandan la ortodoxia psicológica, económica o politológica, se les cortara la posibilidad de hacerlo. E intentaron encontrar la manera de estar donde les tocaba haber estado, sin imaginar nada distinto, solo se trataba de que les dejasen, a ellos, hacer lo que les habían enseñado a hacer. Y lo hicieron, pero en pequeñito.

Así mi deseo para el próximo año es que imaginemos. Imaginemos sin miedo al qué dirán los realistas. Imaginemos a partir de lo que ya ha existido y de que, sin aún existir, es evidente que podría hacerlo. Los cuentos infantiles nos muestran que, con una pequeña alteración, las cosas pueden ser de otro modo. Debemos ensayar esas pequeñas alteraciones y comprobaremos que, en muchos casos, la realidad las permite y que, si le damos tiempo a la realidad nueva, esta se sostiene y produce resultados distintos. La fuente de esa imaginación es la historia, la que enseña lo que existió y lo que, sin necesidad de que lo repitamos, puede ayudarnos a existir de otra manera. La condición para que surta efectos es ponerse tapones en los oídos cuando aparezca un realista. Son exactamente, somos exactamente, aquello que entró en crisis en 2008 pero en frustrado.

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