¡Jódete Robert Southey!

— ¿No desprecia a una mujer como yo?
Al oír aquella pregunta, Arnold recordó con amor a la única mujer que sería eternamente sagrada para él, la mujer de cuyo pecho había recibido la vida.
— ¿Existe algún hombre que pueda pensar en su madre y despreciar a las mujeres?
Wilkie Collins.»Marido y mujer» (1870).

Entre la soberbia y la pusilanimidad está la virtud. Eso debieron pensar Charlotte Brontë, Jane Austen, Louisa May Alcott o mi preferida, Mary Shelley. Supongo que con su manuscrito entre las manos, humilladas por un señor con bigotes pelirrojo, pensaron: soy una mujer, pero puedo escribir y lo seguiré haciendo aunque nadie lo valore. Dejaron la labor y el bordado, en algún reposapiés por ahí perdido, y se dedicaron a lo que verdaderamente les gustaba; contra todo el mundo, contra toda la sociedad, contra todas las mujeres y contra todos los señores pelirrojos.

En 1837 Charlotte Brontë envió sus versos al, entonces célebre, poeta Robert Southey y la respuesta fue tajante: «La literatura no puede ser un asunto que ocupe la vida de una mujer». A mí me dice eso y me paso llorando un mes, encerrada en mi habitación y escuchando Metallica hasta que me revienten los tímpanos; pero ella no. Ella cogió su novela y se pasó por el arco del triunfo al señor ese, al que ahora nadie conoce, y disfrutó escribiendo «Jane Eyre». ¡Qué admiración más grande! ¿No? ¿Alguien ha visto alguna película escrita por ese señor en Netflix? No, pues eso… karma.

Jane Austen plasmaba en sus libros lo que a ella le pasaba por la cabeza: «Tengo veintisiete años. No tengo dinero ni perspectivas. Ya soy una carga para mis padres. Y estoy asustada”. ¡Ja! ¿Asustada? Era una solterona de veintisiete años que se ha convertido en una de las escritoras más leídas de todos los tiempos y me gusta pensar que ella lo sabía; que siguió escribiendo para joder, para demostrarles a todos que a Jane Austen no la hundía nadie. ¿Quién no quiere un señor Darcy en su vida? Por favor, pónganme dos.

Y hablando de solteronas: I love «Mujercitas». Otra escritora que pasó la vida luchando por los derechos de la mujer y escribiendo anónimamente novelas sobre la vida de cuatro señoritas que actrices como Elizabeth Taylor, Meryl Streep o Winona Ryder han encarnado a la perfección. Yo de pequeña siempre quise ser como Joe: cortarme el pelo como un chico, rechazar a un rico y escribir bajo la lluvia. Lo cierto es que no he hecho nada de eso todavía, pero aún soy una vieja solterona de treinta y cinco años… tengo tiempo antes de salir al balcón y coger las fiebres tifoideas. ¡No se os ocurra salir al balcón!.

Pero sobre todo lo que quiero es entrar dentro de la virtud. Quiero ser como mis autoras predilectas con sus Novelas Eternas. Quiero seguir haciendo lo que me gusta aunque los booktubers me odien, aunque sea la escritora menos leída y famosa de Oz Editorial o aunque me salgan cien mil tumores. Ni soberbia ni pusilánime, libre para escribir lo que me dé la gana.

Pd: ¡Jódete, señor este… cómo se llamaba… Robert Southey!

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COMENTARIOS

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    Manuela Moriana Moles 1 mes

    Sencillamente, maravilloso.

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