Las descendencias de Guillermo Tell

Puedo pensar que pocos saben cómo se llamaba el hijo de Guillermo Tell, ese chaval rubito de melena lisa cortada a tazón y arreboles en las mejillas que, sin titubear un ápice, sostuvo la manzana mientras su habilidoso padre —de firme pulso y mirada precisa— probaba puntería con el arco bien dispuesto para atravesar con éxito la empequeñecida fruta sobre su cabeza. Todos sabemos el nombre de Guillermo y, por poco que rebusquemos, la época, el lugar y las circunstancias que, cual Abrahán o Agamenón, atentara contra la vida de su hijo sin un Dios —como en los casos anteriores— que detuviera su mano con el grito de «¡tente!» o amainara las aguas egeas para la feliz partida a Troya.

Pues el nombre del hijo de Guillermo sin más preámbulos era Gualberto, Gualberto Tell (lo he contado en más de una ocasión, pero como dato ‘inútil’ que lo mismo que se escucha se olvida y sigue siendo un secreto del que puedo pensar ⸺repito⸺ nadie sabe). Pero ahí no queda la cosa sin embargo, pues el hijo de Gualberto se llamaba Guillermo, como su abuelo, y al hijo de este nuevo Guillermo lo cristianaron igualmente Gualberto y así varios engendramientos, a semejanza de la realeza de algunas civilizaciones antiguas, como los Ptolomeos de Egipto o en Persia que, entre Jerjes y Atajerjes, quemaron bastantes generaciones, pero eso es otra historia. (César Augusto tuvo dos hermanas con el mismo nombre, conocidas como Octavia la Mayor, que fue esposa de Marco Antonio, y Octavia la Menor; él mismo se llamaba Octavio.)

Por otra parte, y volviendo a la historia de la familia Tell, está la fanfarronada (aun por obligación) de disparar a un objeto —por muy grande que sea— que soporta alguien sobre su cabeza, a pique de saltarle un ojo. La explicación —algo demente, todo hay que decirlo— de disparar contra una fruta o contra una moneda colocada en la testa o en la toca del propio hijo era una prueba de puntería prescrita a los arqueros medievales, cuyo gremio (como aparece en el ‘Malleus Maleficarum’ y en la ‘Little Geste of Robín Hood’ de finales del siglo XV) pertenecía al culto pagano de las brujas, tanto en Inglaterra como en la Germania celta. En Inglaterra la prueba tenía por finalidad, al parecer, elegir un «gudeman» para Maid Marian, casándose con la cual se convertía en Robín Hood, señor de la Selva Frondosa.

Ulises realizó hazaña parecida, como sabemos, a su regreso a Ítaca después de veinte largos años; diez de la Guerra de Troya y diez de Odisea, narrada con pelos y señales por Homero (o por los homéridas, que sabios tiene la Iglesia). El astuto Ulises (Odiseo en su original griego), por propia sugerencia, encontró a los pretendidos amantes de su mujer, Penélope, intentando tensar su arco para dilucidar así quien la desposaría, después del fallido truco del paño bordado. Nadie pudo tensar el arco salvo el rey y marido vestido de anciano mendicante. El héroe no solo pudo atirantar la cuerda sino que también completó el reto de atravesar con una flecha el ojo de nueve hachas clavadas en un tronco. Acto seguido cerraron las puertas y probó su mortal puntería con todos y cada uno de los presentes, imponiendo así una justicia antigua, anterior a la ley del Talión.

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