Los cabellos ofidios de Medusa

Al leer recientemente, en el último libro de Fernando Aramburu, Autorretrato sin mí (2018): «La vida, qué mal pasaje, qué negra mar, cada vez que ataca la medusa» recordé a uno de los seres fantásticos de la mitología griega a quien siempre tuve cierta lástima. Con sus cabellos de serpiente y el grave inconveniente de quien la mirara fijo era convertido en piedra, al igual que el basilisco, estaba condenada a la oscura soledad hasta su muerte.

Cuando visité Estambul, quise asomarme en repetidas ocasiones a la inmensa Cisterna Basílica de Constantino, bajo la bóveda de Kere-batas Seraí, en el semisótano de una supuesta casa musulmana. La impresión era bestial, el ambiente tenebroso y los arcos, que se espejaban en el agua una y otra vez, de una infinitud inquietante. El paisanaje de la ciudad turca dice que «sus aguas verdosas y sus paredes goteantes no conocen límites». El silencio húmedo, tan solo quebrado por la constante aunque arbitraria gélida lágrima de condensación, nos conduce a su interior. La luz tamizada nos adentra en un tupido bosque de columnas pareadas.

Edmundo de Amicis, en su imprescindible libro ‘Constantinopla’ (1878/79), narra la terrorífica historia que le contó un ‘dragomán’ (intérprete de lenguas) sobre «el que se aventuró en una barca en aquel subterráneo para descubrir sus confines y volvió muchas horas después, bogando desesperadamente, con el rostro descompuesto y el cabello erizado, mientras las bóvedas lejanas repercutían fragorosas carcajadas y silbidos agudos; y de otro, que no volverá jamás y que acabó, quién sabe cómo, tal vez helado de terror, tal vez arrastrado por corriente misteriosa a un abismo desconocido, muy lejos de Stambul, Dios sabe dónde».

Me adentré hasta el fondo en mi aventura, como digo, sin temor a la penumbra y a las turquesas aguas falsamente transparentes, aun conociendo la anécdota del viajero italiano. Al final del final, objeto de múltiples instantáneas, en la basa de una columna semejante a las demás, me saludó con asombro la cabeza esculpida de una gorgona casi sumergida, en posición supina para contrarrestar sus efectos. Medusa, de cabellos de serpiente, era una de las tres hermanas, que convertía en piedra a quien se cruzase con su mirada y a la que Perseo degolló con la hoz de oro que le proporcionó Hermes. Su figura, de por sí impresionante, para mí cobró un doble valor: la belleza del espacio y el detalle arbitrario en el pie de un arco al fondo de la cisterna. Enseguida pregunté en mi interior cómo acabó la cabeza de la Medusa en el subsuelo de la basílica constantinopolitana.

He aquí la historia híper resumida. Las gorgonas eran tres hermanas, Esteno, Euríale y Medusa, todas ellas bellas en un tiempo. Una noche Medusa se acostó con Poseidón, y Atenea, furiosa porque lo habían hecho en uno de sus templos, la transformó en un monstruo alado con ojos deslumbrantes, grandes dientes, lengua saliente, garras afiladas y serpientes por cabellos, cuya mirada convertía a los hombres en piedra. Perseo acabó con ella e hizo estragos con su cabeza inmovilizadora, que acabó como trofeo en la égida de Atenea. En ningún sitio sin embargo dice que llegara a formar parte de la columna de una cisterna de la única ciudad del mundo entre dos continentes.

Cuenta el arqueólogo alemán Léo Frobenius, en ‘Historie de la Civilisation Africaine’ (1933) que «la Gorgona es un símbolo de fusión entre contrarios: león y águila, pájaro y serpiente, movilidad e inmovilidad, belleza y horror». A lo que añade Eduardo Cirlot en su ‘Diccionario de símbolos’ de 1968: «por ello excede las condiciones soportables por la conciencia y mata al que la contempla».

Pausanías, geógrafo e historiador griego del siglo II, afirmaba que Atenea le dio a Asclepio, fundador de la medicina, dos redomas con sangre de la gorgona Medusa; con la extraída de las venas de su lado derecho podía matar al instante, pero con la extraída de su lado izquierdo podía resucitar a los muertos (así que no resultó tan mala como decían).

 

CATEGORÍAS

COMENTARIOS

Wordpress (0)
Disqus ( )