¿…Y qué nos proponen los bárbaros?

Una vez comprobada la afición de mis queridas lectoras y lectores por el género histórico, si la semana pasada me preguntaba en esta misma columna sobre ¿qué han hecho por nosotros los romanos?, en esta me plantearé dar respuesta a una cuestión, no menos espinosa, ni más ni menos que la de ¿qué nos proponen los bárbaros?

Como convinimos la pasada semana, a pesar de habernos dado el  alcantarillado, los acueductos, la sanidad, la enseñanza, el Derecho, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños, el personal del Imperio no estaba demasiado contento y Odoacro, rey de los hérulos, derrocaba al último emperador de Roma, Rómulo Augústulo, el 4 de septiembre del año 476, hecho que marcaba el fin del Imperio Romano de occidente, ya que sus «primos» del oriente bizantino aguantaron el tipo casi mil años más, hasta la caída de Constantinopla, en 1453.

Casi 70 años antes, por tierras de la Hispania Citerior y Ulterior, la Lusitania, la Bética y la Tarraconense, los suevos, los vándalos, los alanos y una mijita después los visigodos, se merendaron a los pretores romanos, sus legiones y cohortes, haciendo de su capa un sayo y pasando del refinamiento de una provincia principal del imperio, a un descalzaperros de doscientos años, cuyo mayor daño fue el provocado en las meninges de los tiernos infantes hispánicos futuros, que 1500 años después tuvimos que aprendernos de memoria, la temible lista de 33 reyes godos, con nombres tan simpáticos, como Alarico, Sigérico, Teodorico, Turismundo, Eurico, Gesaelico, Amalarico, Atanagildo, Leovigildo, Recaredo, Witerico, Sisebuto, Recesvinto, o Witiza… No prueben ponerles esos nombres a sus niños, por muy de reyes que hayan sido, son preferibles y mucho más fáciles de recordar, los de Borjamari, Cayetana, Joshua y Jésica, aunque solo sea por salvaguardar la salud mental del funcionario del registro civil.

Volviendo a lo que íbamos, el caso es que después de contestar hace una semana a lo que los romanos habían hecho por nosotros, se imponía contestar en esta, a qué puñetas nos proponían esos bárbaros, para sustituir la sofisticación de la administración y la civilización romanas… Las cosas sean dichas, historia en mano, no nos fue demasiado bien con ellos.

Fue caer Rómulo Augústulo y todo aquello que garantizaba la convivencia y la civilización se fue a freir puñetas, que no quiero yo decir con esto, que si los bárbaros voxeros y populares, acaban con el imperio de Petrus, la «terra hispánica» se vaya a convertir en un solar, pero sí que vistos los anuncios de los próceres bárbaros 6.0, la cosa va a irle nada más que regular a las dóminas, artesanos, efebos, estudiantes y ciudadanos hispanos, cuyos ingresos estén por debajo de los 100.000 denarios, por encima de los cuales tendrían derecho a una beca para pagar al paedagogus que era el esclavo que conducía al infante a la schola, pero que por debajo son unos tiesos a los que, según los bárbaros, no merece echarle demasiadas cuentas.

No era por «resquemor», sino más bien una costumbre arraigada entre esos pueblos, lo de hacer tábula rasa con todo lo anterior, algo que parece están dispuestos a imitar los nuevos bárbaros del príncipe emergente, Feijóo «El Moderado», quien ya ha anunciado que de ganar las elecciones, no va a dejar títere con cabeza.

Rianse ustedes de Chindasvinto, Feijóo y Abascal (nombre bárbaro donde los haya), ya han anunciado que se van a cepillar, el derecho al aborto, a la muerte digna, a la memoria democrática, a la revalorización de las pensiones y el salario mínimo, a los derechos LGTBI, a los de los trabajadores recogidos en la reforma laboral, muy probablemente a la protección de las mujeres recogidas en la ley de violencia de género, la igualdad de los infantes consagrada en la ley de reforma educativa, etc, etc, etc…

Pero es que además, la nobleza bárbara, aboga con sus señores y señoras prefeudales, por eximir de impuestos a quienes más tienen, jodiendo de paso la vida a quienes dependen del estipendio público para garantizarse servicios como la sanidad o la educación. Bien es cierto que en tiempos de Witiza, ambos asuntos no importaban demasiado, tan poco, tan poco, como parecen importar educación, sanidad y pensiones dignas, a los y las próceres de Alarico Feijóo y Turismundo Abascal.

Cuenta la leyenda, que mientras el hombre venido de la húmeda Gallaecia, se enteraba de si subía o bajaba, de cual era la deuda o el PIB, del reino que pretendía arrebatar a Petrus; de si estaba de acuerdo con sus aliados de Turismundo Abascal en las provincias de la Hispania Citerior, o los repudiaba en las de la Bética; si se ponía al lado de la clase media, o al de los dueños de los bancos y molinos que asfixiaban a sus conciudadanos y algunas otras bagatelas por el estilo, su supuesta «adelantada» matritensis, que hacía solo unos meses había pasado a cuchillo político a su entonces jefe y predecesor de «El moderado», gobernaba la que con los años sería Villa y Corte, como si de su cortijo particular se tratara, siguiendo los sibilinos y taimados pasos de su druida particular, conocido por las escalofriantes siglas de MAR, empeñado en convertirla en la verdadera reina de esa Hispania, en la que no habría sanidad y pensiones públicas y sí beneficencia; donde los hermanos, primos y amiguitos de la aldea vacacional, tendrían la potestad de hacer lo que le saliera de las gónadas con los contratos públicos; donde por un modesto brebaje que más tarde conoceríamos como cerveza, sus vasallos se volverían locos y le consentirían todas sus tropelías, desde la extraña sensación de algo que no sabemos muy bien que es, pero que ella lo llamó «libertad».

Pero no nos vayamos por las ramas, Alarico Feijóo, convino en dejar a su aire a la doña para evitar que peligrara su gaznate político, sin reparar que más pronto que tarde, la susodicha y su druida se lo pasarían por la piedra en su carrera hacia el trono hispánico.

Como ya habíamos dicho, los bárbaros, que ya acariciaban el poder según todos los oráculos, los de Delfos y los de Michavila, tenían claro lo de cepillarse, el derecho al aborto, a la muerte digna, a la memoria democrática, a la revalorización de las pensiones y el salario mínimo, a los derechos LGTBI, a los de los trabajadores recogidos en la reforma laboral, muy probablemente a la protección de las mujeres recogidas en la ley de violencia de género, la igualdad de los infantes consagrada en la ley de reforma educativa, etc, etc, etc… Todo ello prometiendo suprimir los tributos, con los que los romanos habían construido escuelas, hospitales, calzadas, acueductos, o bibliotecas, porque para estos bárbaros todas esas cosas eran un molesto engorro, que solo mejoraba la vida de los tiesos de sus súbditos que eran incapaces de ganar 140.000 denarios al año y esos no les interesaban demasiado.

Pero es que además, como eso de la guerra había dejado las arcas tiesas, los bárbaros tenían clarinete que para que sus patricios no vieran menoscabadas sus riquezas, tendrían que ser los «tiesos», quienes pagaran el pato y se prepararon a conciencia para que los currantes siguieran cobrando cuarto y mitad de chopped y para que funcionarios y mayores sufrieran el hachazo del peculio público sobre sus sueldos y pensiones.

No deberían ustedes olvidar que en sus tiempos de gobernante de la  Gallaecia, antes de pretender conquistar el trono de Petrus, Alarico Feijóo, derogó durante sus trece años de mandato buena parte de las leyes que había impulsado su antecesor. Un revisionismo que pretende reeditar con su flamante reino, donde la mayor parte de las conquistas sociales de la presente legislatura y algunas de las anteriores, podrían dejar de ser derechos para convertirse en un lejano recuerdo, de aquellos tiempos en los que no queríamos a los romanos, porque los bárbaros nos parecían más «cuquis».

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