La negación del tiempo

Hoy, como muchos momentos en la historia, se da el caldo de cultivo perfecto para que adalides del «anda ya» enarbolen sus banderas y nieguen la realidad, porque una cosa es dudar de lo que está pasando o ha pasado y otro negar la evidencia. Ya hablado que hay quien piensa que la llegada del hombre a la luna fue un montaje. Puede, pero negar una pandemia como la que estamos padeciendo es como quien hay que niega el Holocausto, o sea, supone «el rechazo a aceptar una realidad empíricamente verificable», en palabras del profesor Paul O’Shea; o como quien niega que el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) es el causante del síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida); o como quien cree que el cambio climático es un invento (el periodista estadounidense Michael Specter escribe al respecto: «todo un segmento de la sociedad, a menudo luchando con el trauma del cambio, da la espalda a la realidad en favor de una mentira más confortable»); o, de mayor perspectiva histórica, el negacionismo de la teoría evolutiva que siempre ha existido a pesar de que la evolución permanece como un hecho indiscutido dentro de la comunidad científica (estos negacionistas suelen denominarse ‘creacionistas’ que presentan la realidad como una interpretación literal del mito de la creación del Génesis).

Hay una corriente en el mundo que son los ‘planetistas’, que opinan que el mundo es plano y no esférico como nos han dado a creer; hay una religión llamada ‘catolaica’ que afirma que el Cristo que murió en la cruz era una mujer; hay gente para todo, empírica, incrédula, ilógica tal vez, que niega incluso la existencia del tiempo y del espacio, como Zenón de Elea (490-430 a.C.), que fue discípulo de Parménides (el que se reencarnó hasta siete veces) y tuvo una formación pitagórica, mediante sus paradojas (la de Aquiles y la tortuga o la de la flecha) demostró que ni el tiempo ni el espacio existían. Antes de recorrer una distancia deberías recorrer la mitad y antes de esa mitad nuevamente su mitad y antes la mitad de esta última, así hasta infinitas mitades, lo cual es imposible. Y con el tiempo pasaría lo mismo.

Jorge Luis Borges, en el cuento ‘Tlön, uqbar, orbis tertius’, inserto en su libro ‘Ficciones’ de 1944, apunta: «Una de las escuelas de Tlön llega a negar el tiempo: razona que el presente es indefinido, que el futuro no tiene realidad sino como esperanza presente, que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente. Otra escuela declara que ha transcurrido ya “todo el tiempo” y que nuestra vida es apenas el recuerdo o reflejo crepuscular, y sin duda falseado y mutilado, de un proceso irrecuperable. Otra, que la historia del universo ⸺y en ella nuestras vidas y el más tenue detalle de nuestras vidas⸺ es la escritura que produce un dios subalterno para entenderse con un demonio. Otra, que el universo es comparable a esas criptografías en las que no valen todos los símbolos y que sólo es verdad lo que sucede cada trescientas noches. Otra, que mientras dormimos aquí, estamos despiertos en otro lado y que así cada hombre es dos hombres».

Otra cosa es la duda cartesiana o el negacionismo filosófico, por llamarle así, la necesidad empírica. George Berkeley, por ejemplo, se acogía al dicho «si no lo veo no lo creo». Explicado por el filósofo, astrofísico y ensayista valenciano Juan Arnau en ‘El efecto Berkeley’ (2015): «Al ver mojado el suelo por la mañana, vemos (tenemos la idea de) la lluvia nocturna que la produjo. Los filósofos dirán que hubo una relación de causa a efecto entre las cosas llamadas “lluvia” y “suelo mojado”, pero lo único cierto es que nuestra mente ha hilado o hilvanado una percepción con otra».

 

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