El oficio de herrero en tiempos de las Cruzadas

El cinturón de castidad, probablemente llegado de África o de Oriente se instaló en Europa en el tiempo de las Cruzadas. Era de hierro, aunque recubierto de terciopelo o de cualquier otra tela amable en la parte que lindaba con la cintura. El oficio de herrero cobró entonces marchamo de excelencia, puesto que ellos fabricaban dicha prenda y por ende dispensaban llave exclusiva al noble que la encargara o se ocupaba de hender las cerraduras cuando era aconsejado por causas mayores. (Tanto es así que comenzó a abundar en Occidente el apellido de Herrero o Herrera en español, Ferreiro en portugués, Fabbro en italiano, Smith en inglés, Schmied en alemán.)

Camilo José Cela en su novela ‘Oficio de tinieblas 5’ comenta que «los herreros alquilaban a los paladines en derrota llaves maestras con los que abrir los cinturones de castidad de las altas damas de la nobleza y después morían en la horca con la cómplice sonrisa en los labios».

«En algunos niveles culturales —nos recuerda Eduardo Cirlot en su ‘Diccionario de símbolos’— el oficio de herrero es privilegio del rey y se considera como sagrado»; y el historiador francés René Alleau lo asimila con el poeta maldito y con el profeta despreciado.

Cuando el rey Ricardo I, por ‘Corazón de León conocido, partió a la cabeza de unos 8.000 hombres y una flota de 300 navíos hacia la III Cruzada en favor de la religión verdadera en la segunda mitad del siglo XII, lo acompañaba un joven bastardo, apellidado Plantagenet, un soldado que ocultaría su nombre, un cristiano, como otros muchos, hijo del pecado de la pasión, del verdadero amor (como calificó Shakespeare a la bastardía, unos siglos más tarde). Posiblemente este cruzado se llamara Arthur, nombre simbólico de su estirpe, y nació en Normandía o Anjou alrededor de 1170. Casó a los diecisiete y al año siguiente embarcó hacia Tierra Santa a luchar contra los impíos y a granjearse el honor necesario para que su padrastro lo reconociese como hijo.

Poco antes de su partida llevó a su bella esposa Ginebra o Helena o Christina al lecho y cumplió por última vez como soldado de Dios, sin apenas desvestirse. Tras una mirada rápida y sobria a la joven desnuda de cuerpo entero le colocó ceremoniosamente un gélido y hermético cinturón de castidad.

Ella, asumiendo el ‘castigo’, se vistió con ropas finas y se despidió del caballero bajo su montura con desbocadas lágrimas. No sabe si llora por el marido que se va, por ella que se queda, por su juventud truncada o por que no entiende nada.

El marido, en un arrebato de raciocinio, comprende que puede no volver y ha condenado a su virginal esposa al yugo perpetuo de la clausura virginal. Recurre entonces a un amigo, a un íntimo amigo que es como un hermano, que no va a la guerra porque renquea o porque no es caballero o porque es muy viejo o porque no cree en las Cruzadas (siempre ha habido insumisos) o, simplemente, porque no queda sitio en los barcos para más valerosos. Está seguro que obra bien al dejarle la llave del cinturón férreo de la sumisa esposa a este amigo entre los amigos, a este hermano entre los hermanos, sangre de su sangre, depositario de su confianza.
Pero, a escasa media hora de su partida, asombrosamente, el caballero siente tras de sí ruido de cascos de caballos y violento polvo que se alza difuminando el horizonte. El cruzado se detiene, se vuelve, seca el sudor de su frente y observa a su amigo del alma que se acerca, y piensa que el paticojo se les une, que el viejo decide hacer la guerra, que el hombre común emprende el camino de la Cruz. Con una sonrisa sir Arthur desmonta de su blanco corcel (o negro, o pinto, o pardo), se quita el yelmo y abre los brazos ante su fiel camarada, quien se precipita a su abrazo y le dice sin preámbulos y un poco indignado que se ha equivocado de llave.

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