¿Crees en Dios?

Una pregunta que siempre nos ha perseguido, reluciendo en determinados momentos de nuestra vida, es sobre la existencia de Dios, o más bien sobre nuestra creencia personal sobre el Altísimo, el supremo Hacedor, un ser omnisciente y omnipotente, creador de todo lo habido y por haber.

Lo más fácil es decir sí o no, que se complica cuando hay que argumentar ontológicamente dicho monosílabo, que, en ese caso, variadas veces apoyamos en citas de autoridades.

Una pintada en muro anónimo rezaba: «Dios ha muerto», firmado por ‘Nietzsche’, como sabemos; en un lugar inmediato ponía «Nietzsche ha muerto», firmado ‘Dios’. Cada uno, según su creencia, considere la frase más realista.

La existencia de Dios, al menos en nuestras mentes, es necesaria. Voltaire decía: «Si Dios no existiera habría que inventarlo». Es una tranquilidad, un consuelo, no sólo la existencia de nuestro Padre, sino su programa político, sus promesas de resurrección, de vida futura y de Paraíso.

Hay mucho deísta, como hay mucho ateo y mucho agnóstico. Quien cree, ve a Dios en todas partes; quien reniega, no encuentra ningún razonamiento lógico sobre su realidad; quien duda, no lo advierte, pero podría reparar en él en cualquier momento.

Bertolt Brecht, en ‘Historias de almanaque’ (1898-1956), escribe: «Alguien preguntó al señor K. si existía un dios. El señor K. respondió: “Te aconsejo que medites si tu comportamiento variaría según la respuesta que se diese a esa pregunta. Si permaneciese inalterable, la pregunta sería ociosa. Si, por el contrario, tu conducta variase, en tal caso puedo ayudarte diciendo que tú mismo habrías zanjado la cuestión: Efectivamente, necesitarías ese dios”». Italo Calvino se preguntaba en ‘La nube de smog’ (1958): «¿Cambiarían de vida los santos si supieran que el paraíso no existe?»,

Mario Benedetti abogaba por la tolerancia divina: «No sé si Dios existe, pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda».  Borges sí creía en Dios, pero lo cuestionaba en cada página que escribía, al igual que el tiempo, el destino, el infinito, la muerte…

Henry Miller, visceral donde los haya, pensaba: «Si Dios no es amor, no vale la pena que exista». En uno de sus libros (lamento no recordar en cuál) apunta una oración en la que se muestra creyente de “todo lo visible e invisible”: «Creo en Dios Padre, en Jesucristo, su único Hijo, en la Santísima Virgen María, en el Espíritu Santo, en Adán Cadmio, en el cromo níquel, los óxidos y mercurocromos, en las aves acuáticas y los berros, en accesos epilépticos, en la peste bubónica, en Devachán, en las conjun­ciones planetarias, en las huellas de los pollos y en el lanzamiento de bastones, en las revoluciones, en las bancarrotas, en las guerras, terremotos, ciclones, en Kali Yuga y en el hula hula. Creo, creo. Creo porque no creer es volverse como el plomo, yacer postrado y rígido, por siempre inerte, consumirse…».

En ‘Oficio de tinieblas 5’ (1973), Camilo José Cela, con un pesimismo extremo, afirma rotundamente que «dios jamás supo que tú creías en él». Stendhal es radical cuando afirma: «La única excusa de Dios es que no existe». En ‘Cómo acabar de una vez por todas con la cultura’ (1960), Woody Allen comenta: «No sólo no hay Dios, sino que ¡intenta a ver si consigues un electricista en un fin de semana!».

«Dios aprieta pero no ahoga; en ocasiones aprieta más de lo necesario, pero cuando afloja se agradece y se ve todo fácil y viable», escribe Camilo José Cela en ‘Nuevas escenas matritenses’ (1965); Alfonso Salazar, parafraseando una conocida máxima, llegó a sentenciar: «Dios ahoga, pero no existe»; y no sé de quien leí recientemente que «Dios existe, pero poco».

Quizá esta sea la razón: Dios está, pero no está; es, pero no es (que es otra forma de ser, como el desamor forma parte del amor). «Dios es el único ser cuya esencia es su existencia», estudiaba yo en Historia de las Religiones.

Lo que sí es cierto es lo que afirma Jaroslav Hašek en ‘Los destinos del buen soldado Švejk durante la guerra mundial’ (1920-1923): «Los preparativos para matar a la gente se han hecho siempre en nombre de Dios o de algún imaginario ser superior creado por la humanidad y su fantasía».

Terminamos con un diálogo extraído de la película estadounidense ‘La isla’, que rodó Michael Bay en 2005. En ella uno de sus protagonistas cuestiona: «¿Qué es dios?»; a lo que le responden con otra pregunta: «¿Alguna vez has cerrado los ojos y has pedido algo que deseabas mucho?» y, después de un silencio afirmativo, él mismo responde: «Dios es el que te ignora».

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