El covid de nunca acabar

Ya estamos en la sexta ola de la pandemia del COVID. Parafraseando el dicho:“Esto parece el COVID de nunca acabar”.

Reconozco que soy optimista por naturaleza (y por higiene mental, porque viendo cada cosa como he visto hay veces que dan ganas de hacerse anacoreta). Afortunadamente, la gravedad de la actual ola en España, no tiene nada que ver con las dos primeras olas de hace un par de años. Por un lado, la experiencia acumulada de este tiempo, y por otro lado, la concienciación de la mayoría de la población, está permitiendo que los efectos de la pandemia sean mucho menos virulentos que en los inicios. El estar vacunado no elimina el riesgo de contagio, pero reduce de forma drástica las consecuencias de la enfermedad. Así, aquellos mayores de 60 años que no están vacunados tienen 25 veces más riesgo de morir que los que tienen la pauta completa.

Tendremos que ir asumiendo que aún queda mucho para acabar con las mascarillas o las medidas de prevención en los centros de reunión social (colegios, bares, pabellones deportivos, etc). Y que, al igual que la gripe, todos los años nos tendremos que vacunar, especialmente los colectivos de alto riesgo.

Así mismo, la actual dispersión de competencias entre las comunidades autónomas sobre la sanidad, creo que es negativa para la lucha contra la pandemia. La sanidad, al igual que la educación, deberían ser competencias de dirección centralizada en el gobierno central, aunque la aplicación y gestión final de dicha competencia correspondiera a las administraciones regionales.

En este contexto, me resulta chocante la existencia de los negacionistas de la pandemia o de los grupos antivacunas (interrelacionados entre ellos). “Hay gente pa tó”, como dijo el torero Rafael el Gallo. La estulticia humana, el infantilismo, la falta de información (muchas veces por desidia), las paranoias de las mentes “blandas” (fácilmente manipulables), los postureos (para ser diferente, adopto posiciones contrarias a la de la mayoría de la población), llevan a algunas personas a tomar posiciones irracionales.

Este verano estuve viajando por Centroeuropa, y me sorprendió que las mascarillas las llevábamos fundamentalmente los turistas españoles, italianos, franceses y portugueses, así como la amplia presencia de los grupos negacionistas. En Austria, había grupos en la entrada de algunas iglesias católicas, protestando por la imposición desde su Conferencia Episcopal de la obligatoriedad de tomar medidas preventivas para poder asistir a las liturgias religiosas. Increíble.

Esta situación podría ser admisible si no tuviera consecuencias sobre el resto de las personas. Como bien dice el aserto: “mi libertad termina donde empieza la tuya”.

Estas actitudes conllevan un inadmisible riesgo sanitario para el resto de la población.

Además, su decisión genera un gasto económico y un uso de los recursos del Sistema sanitario que impide y obstaculiza el poder atender a otros enfermos, y sobrecargan al personal sanitario sin necesidad.

Personalmente, estoy a favor de la vacunación obligatoria por ley de todas las vacunas (la de los niños, gripe, covid,…). No es una cuestión de libertad personal, es una cuestión de responsabilidad hacia el resto de la sociedad.

Y en el caso de que la persona no se haya vacunado por decisión personal, opino que debería de pagar todos los gastos ocasionados por su actitud. Los demás no debemos pagar la estupidez de los imbéciles.

Finalmente, y como he hecho en otras ocasiones, desde aquí quiero mostrar mi reconocimiento y agradecimiento a los colectivos que en esta crisis sanitaria han estado luchando en primera línea: sanitarios, educadores, fuerzas de orden público, militares, camioneros, personal de comercio, etc…

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