Este, ese, aquel PSOE

Curioso, además de profundamente interesado y falso, el debate avivado con motivo del 40 aniversario de la victoria socialista en las urnas del 28 de Octubre de 1982, y que ha encontrado en su (corto) camino algunas variantes de actualidad, al hilo de cuál es el auténtico PSOE. O el PSOE que a cada cual interesa. O el PSOE que cada cual imaginó, soñó, evocó o inventó. O el PSOE que debería ser a los ojos personales e intransferibles de cada españolito o españolita, por supuesto sin nada que ver con el PSOE que debería ser a los ojos del españolito o la españolita de al lado.

«Ese» o «aquel» PSOE de 1982 si que era bueno, y no «este» PSOE de ahora, o el PSOE de principios de este siglo, que eran lo peor de lo peor, la auténtica encarnación del mal, frente a «aquel» PSOE que, por supuesto, era un echado de virtudes. Por supuesto, nadie ha establecido las diferencias en base a los programas o propuestas políticas, a los diferentes contextos internacionales, europeos o nacionales existentes en cada época o a las cambiantes circunstancias en que los principios de igualdad, justicia y solidaridad han de ser aplicados. Por supuesto, nada de contextualizar que era en 1982 negociar y dialogar y qué es ahora negociar y dialogar. Ni con quienes, ni para qué ni cómo. Ni que sociedad era aquella y que anhelos tenía, y que sociedad es ésta y que anhelos tiene. Valiente tontería tener que analizar las cosas bajo esos prismas de cierta objetividad, de cierto contraste, de alguna veracidad. Con lo fácil y rápido, además de superfluo, que resulta despachar el asunto con el consabido «aquel PSOE si era bueno, y no el de ahora», o «con este PSOE no negocio, ya vendrá otro».

Es una obviedad contrastada que en 1982 el voto al PSOE provino de muchos sectores sociales, no todos de la izquierda. Confluyó una indisimulada ansia de cambio, un anhelo de superación del pasado y una atractiva oferta política progresista, personalizada además en un liderazgo carismático. Y junto a ello, se produjo un deseo de transformación social, que hizo que centenares de miles de ciudadanos y ciudadanas de «centro» olvidaran su (quizá) papeleta natural y decidieran sumarse a la gran mayoría que se esbozaba den nuestro país. Todo legítimo y democrático. Pero el programa era el programa y las políticas eran las políticas. Con vocación europeísta y atlantista incluso. Con moderación, incluso elegancia en las formas. Y sabiendo supeditar los aspectos controvertidos del Programa a las ansias mayoritarias. Buscando el acuerdo con quien había que acordar las cosas, habida cuenta de las holgadas mayorías parlamentarias. En definitiva, aplicando un ideario socialdemócrata europeísta y homologable a nuestro entorno y consolidando una posición política respetable y respetada en Europa y el mundo. Eran los años 80 del siglo pasado y nadie seguramente esperaba nada distinto.

Por supuesto que también, gente que jamás (ni entonces) votó al PSOE se suma ahora a las loas a «aquel» PSOE. Todo sea por desgastar y criticar. Porque nadie es capaz de señalar dónde se encuentran las diferencias de modelo, de proyecto y de política de «aquel» PSOE con el PSOE de principios de este siglo, ni con el PSOE de «ahora». Las circunstancias son distintas, los actores políticos y sociales diferentes. Las dinámicas parlamentarias han cambiado, ahora hay más fragmentación, pluripartidismo, intereses territoriales diversos, pero la búsqueda de acuerdos sigue siendo un objetivo a lograr, la implementación de políticas progresistas y de aumento de derechos y libertades un gran horizonte por el que luchar, y los principios de justicia, igualdad y solidaridad permanecen inmutables.

El proyecto político permanece, el modelo de sociedad permanece, nuestra posición en Europa y el mundo sigue siendo relevante a tenor de las circunstancias. La realidad nacional quizá se haya hecho más compleja, empezando por la deriva nacionalista de algunas fuerzas políticas, y también por la deriva populista y antisistema del centro-derecha nacional, cada vez más derecha y menos centro, y más proclive para usar la Constitución como arma arrojadiza que como la guía inalterable que ha de ser. Pero el PSOE sigue siendo el partido que mejor sabe leer e interiorizar las nuevas realidades, los nuevos retos y las nuevas situaciones.

Que haya gente que por pertenecer a según que generaciones o por costumbres culturales y sociales ofrezcan más vulnerabilidad al discurso reduccionista incluso chabacano que halaga a «aquel» PSOE frente a éste, es entendible. Que existan personas que prefieran las formas y las actitudes de Felipe González a las de Zapatero o Pedro Sánchez, también es entendible. Somos herederos de nuestro pasado y no hemos dejado de ser un país de contrastes. Real Madrid o Barcelona. Macarena o Triana. Manolete o Belmonte. Frascuelo o María. Españoles o catalanes. Todo irá evolucionando y seguro que lo hace a mejor. Mientras tanto, ahí queda el sonsonete de cuál ha sido el mejor PSOE, si este, ese o aquel. Porque no existe debate ninguno de que lo que es, es el PSOE.

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COMENTARIOS

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    Javier Bueno 3 semanas

    Menos mal que aquél Felipe González era el bueno y por eso los trabajadores españoles le hicieron las dos primeras huelgas generales de la democracia.
    Y cómo salió prácticamente indemne de tan vergonzosa situación, empezó a malvenderle a sus amigotes las mejores empresas que teníamos en España y que eran propiedad del Estado, o sea, de todos los españoles.
    Después supimos qué era lo que estaba preparando, su destino dorado tras la puerta giratoria. Ese Consejo de Administración donde entró de aquélla manera, donde no ha dado un palo al agua desde entonces, y donde se ha llevado unos pingües ingresos desde entonces. ¡Viva el socialismo bien entendido!
    Y como usted dice, menos mal que eran los buenos.
    Eso sí le diré en su descarga; creo que los de ahora son peores.

    Ja

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