Giramos en círculo en la noche y somos consumidos por el fuego

Giramos en círculo en la noche y somos consumidos por el fuego

Miguel Ángel Manganell tiene la precisión de un etnógrafo y la misantropía de un anacoreta. En esta colección de relatos, que no pueden leerse sin tristeza y abatimiento, existe un tema central. El mundo profundo, el de verdad, es el de la enfermedad física y mental, aquel que solo puede soportarse escondiéndose de la mirada de los demás, entre otras razones porque fuera de las catacumbas solo existe voluntad de representación, artificio y enorme maldad. Por eso no es que la muerte recorra la vida, es que la única vida valiosa se imagina tras la muerte. Es el caso de Elias Roqué, muerto en vida, que solo consigue despegarse de sus rutinas como un verdadero muerto viviente.  Roqué es de esas personas aparcadas en las cunetas de las instituciones o sobre las que se establece un círculo inmunitario de cortesía atropellada y soledad perpetua. Así fue la existencia de Roqué, quien solo indudablemente interfecto acompaña a una desconocida que, tal vez, también esté muerta. La imagen de los cadáveres deambulando entre nosotros es muy poderosa pero le obliga a uno a preguntarse: ¿de verdad que únicamente podemos  aguardar que un más allá en el que obtengamos una compañía sin cuerpo ni conversación?

Es la parte misantrópica del universo de Maganell y yo quiero pensar que es un complemento a una protesta, pero a lo mejor yo soy uno de esos idiotas de la luz que no se enteran de que es un muerto viviente. Sin embargo, mis razones tengo. La parte etnográfica es igualmente poderosa y el autor la convoca en dos universos que conoce bien: el de la enseñanza y el de los círculos literarios. En el primero se enjareta una historia vibrante y de precisión sociológica. Un equipo docente se toma en serio una reforma educativa, la pone en práctica y consigue mejorar la formación de los discentes. Nadie se toma en serio las normas y claro, cuando lo hacemos, los resultados son sorprendentes: por medio de la cooperación el espíritu es capaz de darle otro sentido a la prosa cotidiana. Pero las reformas no están para aplicarse peleando con lo real, sino para producir datos que promocionen lustre en la mercadotecnia electoral. Cuando el alumnado quiere mostrar sus conocimientos, las pruebas con las que se registran se le quedan absurdamente pequeñas. Y la fuerza se disipa y se vuelve contra sí misma. Leo que lo subversivo es tomarse la ley en serio y que eso provocaría un caos enorme dentro de un juego en que las normas se hacen para no cumplirse. Lo leo y estoy de acuerdo, pero eso no es una maldición. 

La misma frialdad etnográfica describe los círculos literarios en provincias. Lo primero es que no son tales, sino peculiares puertas de entrada hacia el ascenso social. Y en ellas ofician como guardianes individuos sádicos, que maltratan a todo aquel que no puede proporcionarles rentas. Fuera de una cultura impostada, solo tenemos a personas absurdamente vacías que representan una aburrida mitología de aristocracia displicente. Los pretendientes no son mejores, únicamente tienen menos suerte y acaban expulsados del círculo, nuevos cadáveres vivientes en las sobremesas solitarias de las cafeterías. 

En la luz solo hay una membrana de banalidad. En la oscuridad al menos palpita la autenticidad de la existencia dañada. Como soy amigo de Miguel no puedo imaginarme que me cuenta que el mundo es exclusivamente un estanque de sufrimiento e insignificancia, quiero imaginarme que con otras instituciones la fragilidad humana podría expresarse sin miseria, que la escuela podría ser el lugar donde experimentar la cooperación entre generaciones y la escritura otra cosa que una seña de diferenciación para niños bien que solo saben, como sus papás y sus mamás, apropiarse del esfuerzo ajeno y sentirse cómodos humillando a los demás. Quiero imaginarme, pero usted, lector, lectora, seguro que imagina mejor que yo leyendo este libro. 

https://esdrujula.es/libro/ciegos-contra-el-viento/

Miguel Ángel Manganell, Ciegos contra el viento, Granada, Esdrújula Ediciones (colección Etcétera), 2021, 207 páginas. Prólogo de Ramón Repiso.

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