¿Quién me representa?

El sistema de democracia representativa se basa en el sencillo concepto de que el elector deposita su confianza en el elegido, entre votación y votación. No hay posibilidad de revisión: el voto y la confianza se da por tiempo determinado: la legislatura. Así como se da confianza a una persona, se da confianza a un programa. Comprendo que algunos votantes del PSOE puedan sentirse traicionados cuando su elegido votará, previsiblemente, a favor de la amnistía catalanista, una cuestión que no iba en programa. Pero una traición al programa (y habría que deslindar si no plantear un no a la amnistía catalanista en el programa, y posteriormente afrontarla, es una cuestión de traición o de actualización de estrategia), es muy diferente a esta otra situación: cuando el voto en la circunscripción fue depositado a favor de una coalición, y a la vuelta de pocos meses, resulta que el voto es secuestrado por el elegido (o la elegida) y se lo lleva al grupo mixto, o adonde sea. Así como los votantes granadinos de Podemos no pudieron votar a su partido por sí solo, muchos votantes de Sumar confiaron en una coalición, cuyo representante, por el resto de la legislatura, ya no está en la coalición votada.

Lo legítimo y moral es irse, pero irse del Parlamento, no del grupo de la coalición. La cuestión de si es más eficiente estar en el Grupo mixto, que si se mantendrá (calma en Moncloa) el apoyo al gobierno progresista, o que se logra más voz, más dinero y más maniobra, son excusas. Al votante de Sumar se le ha sustraído en Granada su lugar en el Parlamento. Que Sumar se lo haya quitado a Podemos en la formación de Gobierno o en las Comisiones Parlamentarias es otra excusa: si no ha habido un incumplimiento de pacto es que no cerró bien el pacto; si ha habido un incumplimiento del pacto, que se diga, que se denuncie. Disputar si se trata de transfuguismo o no, es una cuestión menor, de trampa dialéctica. Queda meridiano que la lista del 23J no es la que hoy está en el Parlamento, que quien se presentó por una lista ayer, hoy está sentada en otro lugar del hemiciclo.

Cuando Errejón se sumó a un proyecto (Más Madrid, con Carmena) que disputaba un terreno político a Podemos, y este partido, instigado por Pablo Iglesias, presentó su propia lista a aquellas elecciones de 2019, Errejón abandonó el Parlamento.

Normalizada la absurda división a la izquierda del PSOE, Iglesias tomó la iniciativa de dejar el gobierno de la nación y arremangarse por la movilización del voto progresista en la Comunidad madrileña. Lo hizo por separado, la conciliación con Más Madrid (y luego, Más País), no llegó a ningún lado y, por extensión, de aquellos fangos de expulsión, negativa a la confluencia y escisión, viene el gobierno por mayoría absoluta de Isabel Díaz Ayuso y la persistencia de la alternativa del PP más en la derecha del PP.

Esta estrategia la izquierda la ha utilizado en más de una ocasión: recordarán muchos votantes cuando también se trató de transfuguismo el asunto de Adelante Andalucía en el Parlamento andaluz. Podemos ha vuelto a abrir la histórica vía de la extinción izquierdista.

Este es el atardecer de aquella nueva política que eclosionó desde el 2011: a la versión de Ciudadanos desaparecido se une el Podemos en estampida. Ya no queda casi nadie dentro de la casa y los antiguos controladores sigue teniendo la llave: Pablo Iglesias se marchó hace mucho, pero su sombra persiste alargada desde Galapagar. Irene Montero no tuvo la dignidad de reconocer los errores cometidos durante su ministerio, su falta absoluta de pedagogía y una concepción simplista de la política. Del resto de voces y rostros, ya no sabemos. Solo de algunas personas que prosiguen en el proyecto de Sumar y unos cuantos fantasmas que persiguen sombras izquierdosas rebeldes por los pasillos del Parlamento. Son los que han dado un portazo y han traicionado el voto de la coalición.

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