La inocencia de las palabras

En el pasado mes de enero, se aprobó la reforma del artículo 49 de la Constitución Española para cambiar el término “disminuidos” por el de “personas con discapacidad”. Creo que es una decisión acertada y de justicia, aunque realmente no tenga un impacto importante en la calidad y los derechos de este colectivo.

Una palabra es una unidad lingüística, dotada generalmente de significado, que se separa de las demás mediante pausas potenciales en la pronunciación y blancos en la escritura (Real Academia de la Lengua Española).

Las palabras (al igual que las balas) no son responsables de hacer daño, el responsable es quien las “dispara”. Según la forma de utilizar una palabra, esta puede tener un carácter negativo o positivo.

Un claro ejemplo de esto es la canción “Zorra” que va a representar a la televisión pública española en el Festival de Eurovisión. Desde un punto de vista musical, la canción me parece mediocre, pero comparto el mensaje de la misma. La utilización del vocablo “zorra” como sustantivo (animal) tiene un carácter neutro, en cambio cuando es utilizado como adjetivo calificativo adquiere un carácter completamente negativo.

En el pasado siglo XX se desarrollo el área de conocimiento de la Psicolinguística (Lev Vigotsky fue su creador), la cual estudia la relación entre el desarrollo del pensamiento y el lenguaje. El núcleo central de la misma a partir de finales de dicho siglo es la “Teoría del lenguaje y el pensamiento” (Jerry Fodor, Gilbert Harman, Ansgar Beckermann).

Para algunos de sus estudiosos el pensamiento es el lenguaje, y por tanto el lenguaje condiciona la forma en la que vemos el mundo, y viceversa.

A partir de este principio surge el concepto de “constructo social” (“La construcción social de la realidad”, Peter L. Berger&Thomas Luckmann), el cual establece que la definición de la “realidad” es un producto de la interacción social humana y no tiene existencia objetiva independiente de lo humano. El núcleo de la construcción social de la realidad se encuentra en la afirmación de que los sujetos crean la sociedad y ésta se convierte en una realidad objetiva. Es decir, la realidad es relativa y está basada en el consenso cultural del colectivo social.

Soy perspectivista (Ortega y Gasset), y pienso que existe una verdad absoluta (realidad necesaria), aunque cada persona la vería desde su perspectiva (una manzana es una manzana, aunque luego se pueda discutir si es más roja, más amarilla, más dulce, más acida, como repartirla, etc, pero no deja de ser una manzana y no un perro o una nube). Es decir, no comparto el relativismo de la realidad.

En la disciplina del conocimiento de la Lógica se diferencia entre las “realidades necesarias” (que tienen su explicación en sí mismo. Por ejemplo, el axioma 1+1=2) y las “realidades contingentes” (aquellas cuya existencia derivan de las “realidades necesarias”. Por ejemplo, la Teoría de la Relatividad).

Sin duda, hay conceptos sociopolíticos como libertad, democracia, igualdad… que han ido evolucionando con el tiempo (principios contingentes), pero hay otros que son absolutos (principios necesarios): vida, justicia, derechos humanos fundamentales, género sexual (hay que diferenciar la orientación sexual heterosexual/homosexual, del género sexual que es una cuestión intrínsecamente biológica determinada por los cromosomas XX-XY),…

A lo largo de la historia de la humanidad, los poderes del momento (políticos, religiosos, económicos) han utilizado el lenguaje como un medio de control social.

En la actualidad, desde determinados sectores de la izquierda se está imponiendo la obligatoriedad del uso del “lenguaje inclusivo”, utilizando como justificación la reparación de injusticias sociales históricas. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid…

La instauración de este lenguaje tiene como objetivo imponer su visión ideológica de control de la sociedad, y la extirpación de la libertad y del pensamiento crítico que ha hecho evolucionar a la humanidad desde su origen. Solo existe una verdad políticamente correcta, y es la suya, aún cuando partan de que la verdad absoluta es relativa y por lo tanto la “verdad” de los que no pensamos como ellos sería igualmente válida.

Los intentos de censurar alcanza el grado de totalitarismo cuando se obliga a museos, editoriales, promotores teatrales, productoras cinematográficas,… a la reescritura de obras culturales para “adaptarlas” a las “nuevas” condiciones sociales políticamente correctas (Tintin, Charlie y la fábrica de chocolate, Matilda, Lo que el viento se llevó, Sirenitas negras, Spiderman homosexual, la cronología se establece en Nuestra Era y no en el Antes de Cristo/Después de Cristo,…)

Como en un espejo, esto me recuerda a aquella “corrección” que el Nacionalcatolicismo franquista hizo de la película Mogambo, transformando una infidelidad en un caso de incesto (la pareja de recién casados se mutó a una pareja de hermanos).

Otros claros ejemplos de esta utilización del control lingüístico para alcanzar sus objetivos finales totalitarios, son los nazionalismos vasco y catalán. La purificación nacional será definitiva cuando consigan eliminar la lengua común española en sus respectivos territorios, desgraciadamente con la aquiescencia y el colaboracionismo de la izquierda española. Al eliminar el principal nexo cultural común con el resto de España, tendrán vía libre para proceder a la limpieza étnico-cultural de sus sociedades. Curiosamente, las altas clases sociales catalana y vasca que promueven esta imposición culturalmente empobrecedora a las clases sociales “inferiores”, llevan a sus hijos a exclusivos colegios trilingües (catalán/vasco, español, inglés).

A su vez, el populismo de derechas también pretende imponer su única visión del mundo, desde un puritanismo pueril y sórdido. Como suele ser habitual, los extremos se tocan.

De esta lamentable actitud tenemos claros ejemplos, como la censura ejercida por los poderes públicos controlados por esta facción política a obras y autores que no son de su cuerda, persecución del desnudo femenino, o la controversia por el cartel de la pasada Semana Santa sevillana. El cartel me gusta, y creo que hay que tener una mente muy cerrada para ver un trasfondo de reivindicación LGTBI en el mismo.

En este asunto de la manipulación linguística, al igual que en el resto de la vida, lo mejor sería usar el sentido común, pero desgraciadamente “el sentido común es el menos común de los sentidos” (Voltaire).

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