El PSOE vuelve a ser marxista

Cuando en la campaña electoral de las próximas elecciones andaluzas escuchen al candidato socialista definir a su partido como «ecologista», es muy probable que no puedan aguantarse y se descojonen de la risa, recordando su papelón en uno de los mayores atentados medioambientales que puede sufrir Andalucía: la previsible legalización de los regadíos ilegales en más de 1600 hectáreas del Parque Nacional, Reserva de la Biosfera y Patrimonio de la Humanidad de Doñana.

Quizás es que el PSOE ha vuelto a ser un partido marxista de Karl Marx. Lo fue en sus orígenes, dejó de serlo el 29 de septiembre de 1979 y parece que ahora lo vuelve a ser, aunque en este caso, no de Karl, sino de Groucho Marx, por aquello de cambiar de principios, como de calcetines.

Porque ya me dirán, qué se le puede decir a un partido que se define como «ecologista», pero que cuando llega la hora de la verdad, se abstiene en la votación que puede perpetrar el mayor atraco para el medio ambiente de nuestra tierra y que se materializó el miércoles, abriendo la puerta legal para el previsible expolio del acuífero de Doñana.

De la sorpresa por la abstención antes de ayer de los socialistas, se pasaba ayer, a la estupefacción y el enorme cabreo, no solo de su partido en Madrid, que ya había advertido de la gravedad del proyecto a través de la vicepresidenta de Transición Ecológica del Gobierno, sino también de decenas de miles de militantes y votantes, que siguen sin dar crédito, a que los socialistas andaluces hayan puesto cara de poker ante el «Doñanicidio» y la amenaza de sanciones por parte de la Unión Europea y de la UNESCO y no se hayan opuesto, como correspondería a un partido que se califica de «Verde», a semejante atropello en una de las principales joyas medioambientales de Andalucía

La paradoja socialista es aún mayor, si tenemos en cuenta que el actual secretario general y candidato a la presidencia de la Junta de Andalucía, Juan Espadas, fue viceconsejero de Medio Ambiente y consejero de Ordenación del Territorio.

No sé a qué spin doctor se le cruzaron los cables, o a qué prócer del socialismo sureño, le pudo parecer una buena idea abstenerse en esta votación, pero desde luego merece pasar a la historia, como el autor de una de las mayores torpezas políticas de los últimos años, porque con su abstención del miércoles, el PSOE da oxígeno a un Moreno Bonilla que venía de encadenar metedura de pata, tras metedura de pata y se encontraba en las horas más bajas desde su llegada a la presidencia de la Junta de Andalucía. Se puede hacer peor, pero no se me ocurre cómo.

Ya sé, respetados lectores y lectoras, que la oposición del grupo socialista, no hubiera podido impedir semejante tropelía, y es verdad, pero no es menos cierto que con su voto, los partidos expresan una posición política, ideológica, ética y de principios y que abstenerse en un asunto de semejante gravedad, es lo mismo que si los socialistas lo hicieran en una ley que derogara la protección contra la violencia machista, o que eliminara la educación y la sanidad públicas.

El tacticismo y el cortoplacismo electoral, que tanto daño están haciendo a la política actual, han sido los responsables de que el PSOE adoptara antes de ayer tan vergonzosa posición. Parece mentira que alguien con las luces suficientes, pueda imaginar por un momento que semejante cobardía pueda compensar electoralmente. Porque el voto del Grupo Socialista fue sencillamente éso, un voto cobarde, con el que pretendían no perder los que pudieran recibir de los agricultores de los municipios onubenses más beneficiados por la tropelía, aunque me temo que con esa cobardía, van a perder muchas más voluntades de las que pretendían conservar y lo que es peor, también pierden buena parte de su credibilidad, en Huelva, en Andalucía y en España.

La vicepresidenta del Gobierno y ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, habló el miércoles por teléfono con Juan Espadas, que se encontraba en un acto en Algeciras. El secretario de Estado de Medio Ambiente, Hugo Morán, se puso al teléfono de todos los parlamentarios que le llamaron, para aclararles lo que consideraran necesario. La postura del Gobierno estaba pues meridianamente clara y no era otra que la de votar en contra de la propuesta de Moreno Bonilla. Además, para que no quedara sombra de duda, tanto Ribera como Morán, se afanaron en detallar las consecuencias medioambientales y las posibles sanciones ya advertidas por la Comisión Europea y por la UNESCO, en caso de aprobar semejante dislate.

Por lo que vimos en el Hospital de las Cinco Llagas, las amenazas de los alcaldes de Moguer, El Puerto, Bonares y Rociana, de presentar su dimisión si su partido se oponía a las pretensiones de esquilmar Doñana, pesaron más en el ánimo de Juan Espadas, que las advertencias de la Comisión Europea, de su vicepresidenta del Gobierno, de su secretario de Estado y lo que es peor, que sus propias palabras, expresadas solo unos días antes en sus redes sociales de la siguiente forma: «Advertencia seria y clara de la Unión Europea a la Junta de Andalucía. Ante el riesgo de sanciones, de deterioro de la imagen de nuestra comunidad y de los productos de Doñana, o de poner en peligro los fondos europeos , ¿no cree el señor Moreno Bonilla que rectificar sería lo responsable?» Mala cosa. Muy mala cosa para quien pretende construir un liderazgo sólido y coherente.

¿Qué pasó para que tan rotundas palabras del líder socialista, se convirtieran en pocas horas, en el vergonzoso «ni fú ni fá» de su grupo en el Parlamento? Muy sencillo: un impresentable y puede que erróneo, cálculo electoral.

Poco más que añadir, salvo el recuerdo al evangelio de San Mateo 7: 15-20, ése que dice aquello de: «Por sus frutos los conoceréis».

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