La agonía del Cerro de San Miguel

Cuando a primeras horas de la tarde del domingo, las llamas devoraban el Cerro de San Miguel, mi amiga Marga, albaizynera de pro, entre lágrimas y juramentos, me decía que esto se veía venir. Con los rescoldos aún humeantes le pedí ayuda para retratar esa crónica de una muerte anunciada, que sin embargo, estamos a tiempo de revertir. Estas líneas que siguen es el resultado.

Desde los orígenes más remotos de la especie humana, todas, o casi todas, las culturas han venerado a la Tierra, como la gran madre, protectora y fecunda. Gaia es la personificación mitológica griega de la Tierra, surgida del Caos y compañera de Urano, dios del cielo estrellado que la cubría, y progenitora fecunda de todos los dioses, hombres y seres vivos que la habitan. Entre ellos, engendró cíclopes y hecatónquiros que Urano, aun siendo su padre, malvadamente decidió esconder en el Tártaro para que no vieran la luz, y regocijándose, encima, en su propia maldad. Y, claro, dado que el Tártaro era el propio vientre de ella, como es normal, esto le produjo un enorme dolor.

¡Imagínense! Así que fabricó una gran hoz de pedernal para su venganza y reuniendo a todos los titanes, les pidió obediencia, aunque sólo su hijo menor, Crono, se atrevió a tomar tan afilado instrumento y con él castró a su padre. En resumen, y sin entrar en más detalles del drama griego que suele acompañar estas historias mitológicas, hablamos de una diosa de la vida y la muerte, generosa pero tremendamente pavorosa. No se andaba con chiquitas la buena señora. Ni ahora tampoco, por más que nos empeñemos en obviarla, ensimismados con los tintineos que produce la campanilla de la caja registradora y desoyendo constantemente los ecos que los sabios de la tribu nos mandaban desde lo alto del Valle del Darro.

Crónica de una muerte anunciada, que hoy lloramos y mañana olvidaremos, sin una reflexión profunda que produzca el más mínimo cambio significativo en todos y cada uno de los habitantes de Granada, responsables todos, internos, externos y mediopensionistas, ya sea por acción u omisión, del destrozo ecológico que está sufriendo un cerro, que no sólo pertenece a un barrio Patrimonio de la Humanidad y forma parte de él, sino cuyo suelo está catalogado como Suelo No Urbanizable de Especial Protección Ecológica (En el PGOU. Actualmente denominado como: Suelo Rústico Preservado por la Ordenación Territorial o Urbanística. Art.15, LISTA).

Para entendernos, hagamos un sencillo ejercicio mental bastante menos leguleyo: ¿Se imaginan por un momento que pasaría si en nuestra Vega de Granada, por ejemplo, se horadaran cuevas que antes eran inexistentes, que van proliferando y creciendo sin control urbanístico, convirtiendo el terreno en un gran queso de Gruyere, y además se parcelasen terrenos de forma ilegal cerrando caminos naturales, la transformáramos en un botellódromo (nacional e internacional) y que en una zona, sin dotaciones para ello, dejáramos acampar en ella tiendas de campaña y caravanas, a decenas, que la llenaran de basura e inmundicias? Vamos, les faltaría tiempo a todas las fuerzas vivas, cultas organizaciones y movimientos ecologistas de la ciudad para enfrentarse a tal despropósito y entregarse a la lucha recogiendo firmas, y abrazándose a los árboles encadenados, como ya hicieran en su día aquellos legendarios granadinos defendiendo los de la Avenida de Calvo Sotelo. Pero como esto se trata del pintoresco y maltratado Albayzín, y vecino Sacromonte, y como para hacer caja todo nos vale a los granadinos, hasta al más pintao, aunque se disfrace de idealista defensor de bucólicos principios, seguimos haciendo la vista gorda ante el insostenible panorama.

Pues nada, el pasado 29 de Mayo ya dijo La Gaia de Graná: “¡Se acabó!”. Y harta de tanto dolor que se le está produciendo, en un descuido, cogió un ascua de unos campistas poco cautos y lanzó toda su ira en forma de fuego, arrasando casi 180 hectáreas de monte con unos 16.500 árboles de los que estamos tan necesitados en esta ciudad, pero sobre todo enseñándonos sus furos dientes de diosa cabreada y advirtiéndonos de lo que es capaz si seguimos con el mismo uso y abuso de nuestro entorno natural.

En esta ocasión, por suerte, Eolo, dios del viento, se compadeció de los habitantes del Albayzín y del Sacromonte, esos que constantemente nos lanzaban los ecos que desoímos, y decidió protegerlos. A ellos y al patrimonio del que son guardianes. Así que, como un loco, empezó a soplar y soplar para que no saltara la muralla Nazarí y procurando que las llamas se desplazaran colina abajo enlenteciendo de esta forma el proceso de combustión. Y, para mayor desafío, se colocó de poniente para que la trayectoria de la devastadora lumbre quisiera ir río arriba. Sorteando la abadía, alejándola de la población y salvándonos a todos de una terrible desgracia aún mayor. Y todo ello, junto a la pericia cómplice de esa legión de intrépidos apolos que aparecieron por tierra y aire, y que se entregaron en cuerpo y alma, derramando sus lágrimas por nuestros pecados como ríos que caían del cielo para apagar las llamas que nos atenazaban.

Apolos, que todo hay que decirlo, trabajan en una precariedad laboral, digna de nuestra actual Junta de Andalucía, y como muestra del agradecimiento que todos los andaluces damos a quienes nos salvan la vida poniendo en sumo riesgo la suya. Una desvergüenza más en nuestro sistema público regional ya no sólo a nivel gubernamental, sino a lo que propiamente podríamos llamar lo puramente humano. Un asco. Algo que no deberíamos de permitir el pueblo andaluz bajo ningún concepto. Pero ahí estamos, entretenidos de lo lindo, debatiéndonos entre “Guatemala y Guatepeor”, con la misma vehemencia que hacemos cuando hablamos de un partido de fútbol, pero sin el más mínimo análisis práctico y, cada vez, menos democrático.

Para que nos enteremos, sólo con este fuego se han quemado en Granada lo equivalente a 180 campos de fútbol de extensión.  A ver si así, traduciéndolo a términos futboleros, llega el mensaje a grandes y pequeños y tomamos conciencia de una puñetera vez de lo que ha pasado y de cómo podemos formar parte de la solución, y como Ave Fénix resurgir de nuestras propias cenizas.

Desde el Ayuntamiento, queriendo dar respuesta a una petición constante desde hace décadas por parte de los albaicineros, ya desde la anterior legislatura, se venía trabajando en la idea de crear un parque periurbano en esta zona de propiedad municipal para el disfrute de los vecinos, granadinos y visitantes, y que, a su vez, sea un pulmón, imprescindible para la ciudad. Un proyecto que a la vista de la catástrofe se está acelerando pero que, por otro lado, nada fácil de sacar adelante, máxime con la serie de abusos ilegales que se están cometiendo allí a vista de todos y sin que ningún sólo gobierno municipal, fuera del color que fuese, les haya interesado regular, ni grupo político que haya querido arrimar el hombro a ayudar. Por no hablar de los constantes palos entre las ruedas que se meten los unos a los otros con tal de zancadillear al adversario político, sea como sea, para distraernos del objetivo que siempre ha sido el de la jugosa especulación urbanística.

Pero, sin apenas darnos cuenta, algo bueno nos ha traído la colérica Gaia con este fuego. En pleno proceso de transformación de usos, se les acabó el chollo urbanístico, por obra y gracia de la nueva Ley de Montes, a estos promotores urbanizadores, a los que están y a los que estuvieran por venir, al menos durante los próximos 30 años. Así que ahora toca empezar a mirar al futuro con una visión ecológica y sostenible, sí o sí. Y dejar a un lado las manidas especulaciones sociopolíticas e intentos fallidos en los registros de propiedad para apropiarse de lo que no es suyo, y empezar  a trabajar todos en pro del bien común.

Las administraciones tienen que hacer su trabajo, obvio: aplicando la ley, vigilando, disuadiendo y concienciando. Diseñando con cuidado y prevención. Manteniendo limpia la zona, creando cortafuegos y vías de escape y protección para la población en una zona que, hoy por hoy, es una auténtica ratonera con un Camino al Monte saturado de taxis y microbuses con una única entrada y salida para todos los vehículos desde el Sacromonte, pudiendo hacer imposible el acceso y evacuación en caso de emergencia de cientos de vidas humanas. Y procurando la reforestación de todo lo perdido implicándonos a todos como si no hubiera un mañana. Pero, eso sí, la población tiene que empezar a dejar ya de señalar entes abstractos para no responsabilizarse de sus actos y comenzar a entender que o cuida de lo que es de todos, y lo cuida bien, comprendiendo que los espacios públicos son espacios para la convivencia que han de estar llenos de un humanismo y respeto comunitario mucho mayor del que nos guardamos, incluso, a nosotros mismos en nuestras propias casas, y que, en absoluto, son espacios para el desarrollo de nuestra falsa e infantil necesidad de omnipotencia en el ejercicio de la libertad individual, o no hay Gaia, en el Olimpo de los Dioses, que nos aguante tanta tontería.

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