La flor y la madera

«Alguien a quien una vez amé me regaló una caja llena de oscuridad. Me llevó años comprender que esto, también, era un regalo.»

Este mes iba a escribir un texto divertido sobre el camión del tapicero y sobre el motivo por el cual solo llama a señoras para que bajen a usar sus servicios, pero no puedo. La vida a veces te sorprende, para bien o para mal… Hace unos días me encontré a mi tía fallecida en su habitación después de varios días a cuarenta grados, con todas las ventanas cerradas, sin un atisbo de luz… tal y como fue su vida, encerrada días tras día en una habitación sin un atisbo de luz. Es una imagen que difícilmente voy a poder borrar de mi mente, tampoco la de su perro, ni la de mi voz llamándola a voz en grito mientras el hedor impregnaba mi ser, y esto me va a impedir, al menos este mes, escribir algo divertido.

He descubierto y olfateado la verdadera esencia del ser humano, lo que verdaderamente somos, lo que nos compone y nos descompone… Me quedo con las risas, con lo sorda que estaba, con las voces que había que darle para que te escuchara, con el genio que tenía, con lo que me reía cuando salía a la calle sin dientes porque se le olvidaba la dentadura… eso es la vida; los momentos buenos, los divertidos, los malos que se pudran, que se descompongan y que se vayan.

Pero no me voy a quejar, lo voy a tomar como una lección de vida, como algo que tenía que pasar para evolucionar y aprender: hay que disfrutar cada momento vivido como si fuera el último, perdonar al que nos ha hecho daño para vivir en paz, dejar volar los malos momentos porque no merecen la pena y por encima de todo hay que vivir… porque no tenéis ni idea, y espero que nunca la tengáis, de lo que viene después. Si algo he aprendido es que no merece la pena vivir enfadado, ni asustado, ni preocupado, y aún me sorprende lo valiente que fui: abrí dos puertas hacia la muerte, rescate un perro medio deshidratado, asustado y sucio y le di a mi tía paz, la paz que creo que le faltó durante toda su vida. Alguien me dijo, en esta odisea,  que a las mujeres como a ella,  que viven solas y que no tienen hijos, las suelen encontrar las personas que las quieren, las que se preocupan de que no llamen o de que no contesten, las que van a echar un ojo por si acaso… y eso hice, fui a buscarla y la encontré, y ahora le dejo marchar esperando que sea más feliz en muerte de lo que fue en vida.

Sé que su imagen y aquel olor me acompañarán toda la vida, pero también sé que había que encontrarla, que había que sacarla de allí y sobre todo que había que sacar a aquel perrito que no tenía culpa de nada. Sé que hay algún motivo oculto que aún desconozco, seguro que ha pasado para que pueda escribir mi próximo bestseller ( habrá que tomárselo con humor).

Me voy a quedar con la última imagen de mi tía, con la que nos despedimos, con esa caja de madera con un ramo de flores rosas encima de la tapa; con la belleza posada sobre el horror, con el amor posado sobre el sufrimiento, con la naturaleza en su máximo esplendor luchando contra la naturaleza en su máximo horror. La muerte y la vida.

Yo iba escribir un texto divertido, pero…  espero que este mes me perdonéis.

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